martes, 21 de mayo de 2019

PUNO, TE CONOZCO ASÍ:


Puno,
no es la plaza de armas, 
la Catedral, 
el jirón Lima, 
el museo Dreyer o el de la Coca.

Puno,
es el invidente que con su pista de fondo le canta al amor,
en el jirón Lima.

Puno,
no es la Biblioteca Municipal,
el parque Manuel Pino,
el colegio Glorioso San Carlos.

Puno,
es la abuelita que pide limosna en el jirón Los Incas,
cada noche,
en el lado norte del estadio Enrique Torres Belón.

Puno,
no es el Club Kuntur,
el club Unión,
el Cine Puno,
el Teatro Municipal.

Puno,
es la otra abuelita que toma gaseosa cara,
que pide dinero, sentada,
justo en medio del jirón Lima.

Puno,
no es el jirón Titikaka,
el Museo Naval,
el muelle, lugar mágico;
no es el Lago Titicaca,
descuidado,
solo,
triste,
contaminado,
deshecho,
mugriento,
por culpa de unos seres como nosotros: los humanos.

Puno,
es el señor que toca su charango cerca al muelle,
hace música para el oído cada vez que una persona pasa por su delante,
y se enoja cuando no le dan propina.

Puno,
es la señorita vestida de típico,
que junto a su águila,
invita a los turistas a tomarse una foto al pie del faro,
a cambio de algunas monedas.

Puno,
es el lanchero que cada mañana se levanta,
toma su mate de coca,
navega sobre el Lago Titicaca a casi cuatro mil metros de altura,
llevando turistas locales y nacionales a la isla de los Uros (¿Urus?), Taquile y Amantaní.

Puno,
son sus sonrisas,
sus llantos,
sus gestos,
sus acentos.

Puno,
Puno es su gente.

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