Cuando llego a las vías de un tren, estas siempre
me recuerdan a Anna Karenina, personaje central de la novela del mismo nombre,
una trágica historia de amor entre el joven oficial Alekséi Vronski y la dama,
cuyo final en la estación de ferrocarril todavía lo tengo en la memoria.
Yo la intenté leer en el invierno, cuando aún estaba en la
secundaria, pero me aburrió. Ese entonces, pensaba que mi capacidad intelectual
no me permitía procesar tanta información y lo dejé frustrado. Dos años más
tarde cumplí mi objetivo y me encantó; leí el libro anonadado, estupefacto. Mi intención
no es hacer una reseña, solo recordar el momento en que la leí.
El paso del tiempo fue determinante, pero las circunstancias
vividas en lo posterior ayudaron mucho, maduraron al pequeño lector. Tal vez,
leer un libro no es un logro significativo, para mí lo fue; hace poco la releí.
El tiempo pasa, siempre pasa, y ayuda (siempre) no solo te hace madurar (obvio
que sí lo hace), sino que también te da constancia para cumplir con lo que
quieres (aunque sea terminar de leer un libro), al menos eso pasa en mí. Creo firmemente
que soy un cúmulo de los libros que he leído, de lo poco que leo; cada libro tiene su historia conmigo.

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