miércoles, 31 de octubre de 2018

UNA VEZ MÁS:


-Hola, ¿Cómo estás? -Lo decimos al unísono. Hace frío. En mi reloj ya son pasadas las siete de la noche; en el de ella, no tengo idea. Ella, como siempre, hermosa. Yo, nervioso. Caminamos en paralelo, ella es mi guía, mi luz, poesía hecha realidad. De vez en cuando la miro de reojo: bella; no tengo palabras.

Me habla. La escucho. No soy tan expresivo y no sé de qué tema hablarle. Solo quiero contemplarla. Me siento abrumado por ella, en el buen sentido, claro está.

Le preocupa que nos vean caminando a solas, en la noche. En mi mente digo, ya que importa, la gente es estúpida, pueden hablar lo que quieran de mí porque yo sé mi verdad; pero me da cólera cómo puedan llegar a hablar de ella, eso no me gusta, siento que dicen cosas estúpidas.

Luego de ir caminando unos minutos, nos sentamos sobre los asientos de cemento. La miro, después de todo ella está en mi memoria, la tengo dibujada con lápiz 2B en mi mente.

-Dame tu mano, quiero estrecharla. -La miro. Mi voz está temblorosa.

-No. No debo. -Su voz se escucha decidida, firme. Me gusta su voz. Para mis adentros digo: ¿Por qué?

-Solo quiero agarrarte de la mano porque...

-Tengo enamorado. -Duele. Me lo dice como si escuchara mis pensamientos. -No debería estar aquí, a solas contigo. -Duele más que no me mire a los ojos cuando habla: su indiferencia para conmigo. No sé qué decirle. Se me olvidó todo lo que iba a decir. Ojalá no fuera cierto lo que me dice, pero sé que ella es muy sincera conmigo, así siempre lo ha sido. -Hablemos sobre otros temas, pero no sobre eso. -Continúa de manera tranquila.

¿De qué hablar? Me pregunto en mi mente. Si en mi cabeza solo está ella. Todo ronda en virtud de ella. Toda ella está en el lado izquierdo de mi pecho: su voz, sus ojos, su sonrisa, su todo. Absolutamente todo. Ella, creo que ella no lo sabe, y si lo sabe, sabe muy bien como ignorarme.

miércoles, 10 de octubre de 2018

MIRANDO ATRÁS:


Tenía nueve años cuando recité mi primer poema. Estaba en una escuela particular, la pensión que se pagaba era cara, pero los resultados que dejaron en mí lo valieron enormemente. En ese entonces era un niñito bien, de cabello alborotado, cachetón, que jugaba a esos juegos antiguos que hoy desaparecieron por la tecnología. Simplemente era yo.

Recité un hermoso poema de Nicómedes Santa Cruz. Curiosamente un peruano, pero bueno, aquella época fue efímera y desde luego he cambiado de gustos. Ese poema me ha marcado mucho porque tan sencillo como es cuenta y dice mucho: “A Cocachos Aprendí”.

Es verdad, aprendí a cocachos, y todo lo que aprendí se lo debo principalmente a mi madre. En segundo lugar a mis maestros. Si no hacías la tarea, te tocaba la palmeta. Si no atendías a la clase, al rincón quita calzón. Faltabas a una clase te cantaban esos versos que ahora parecen hermosos: faltón, chichón, saca tu calzón para hacer chicharrón. Fue la época en la que todo era diversión y todo funcionaba bien.

Cuando me paré al frente, yo estaba en el quinto año. Me atreví a mí mismo a declamar ese poema que me costó un tiempo en aprenderlo, pero hasta ahora no lo olvido.

Empecé tembloroso, mi labor de colegial, cambié el nombre del colegio por el de mi escuela, nos sentábamos de a tres en una sola carpeta, cuánta verdad en ese poema, pero el estar así creaba lazos fuertes entre los estudiantes, A Cocachos Aprendí, le di énfasis a esas letras.

De la segunda estrofa no era fan porque yo era todo lo contrario, por dedicarme al recreo, tanto en aseo y aprovechamiento era el mejor de todos, no tenía una buena voz, ¡Chocalá pa’ la salida! Lo mejor siempre era la hora de ir a casa, perdiendo mi labor de colegial.

Recuerdo que jugábamos al lingo, ¡Rey del trompo con huaraca! Nunca me hice la “vaca”, ¡y en bolitas el primero! En aritmética tenía veinte, en geografía lo mismo, el oral y el escrito eran fáciles, en  ese colegio del barrio donde nací. Era un niñito bien de cabello alborotado.

Terminé con una nota decente, el quinto fue mi gran año, todo queda en bonitos recuerdos, no perdí el tiempo, lo pasé mejor que ahora, le daba tiempo a mi "intelectualidad", yo sí aproveché la escuela del lugar donde nací.

No era un poema con el que me identificaba, pero había mucha verdad en él. Me sentí emocionado al declamarlo, aunque el niñito bien ya no es el mismo. Ni en mis más remotos sueños imaginé lo que ahora me gustaría llegar a ser.