No recuerdo
cuando la conocí. Tal vez fue un lunes, en algún lugar bonito, con lluvia, en
verano. O quizás fue un martes de invierno, con frío y una taza de café. Pudo
haber sido un miércoles cuando caminaba con la cabeza agachada, acostumbro
caminar así. O pienso que fue un jueves cuando supe de su existencia, esos
jueves de sol intenso y polvareda en las calles. O fue uno de esos días donde
no sucede nada y ocurre todo, pudo haber sido así. Pero no fue viernes, a menos
que yo haya salido de jarana y ahí sí encuentro a gente de todo tipo, pero
nadie como ella, al menos no estaría allí.
Fin de
semana no pudo ser. Esos días son los más monótonos de mi vida porque así lo
quiero yo. Son días en que me encuentro conmigo mismo. Mis días en soledad.
Pero
no importa qué día fue que la conocí. Solo importa que ella, esa niña hermosa,
me mueve el piso, me hace temblar, me pone nervioso con su sola presencia. Y yo
me siento tan débil frente a ella. Es bonito y solo importa que la estoy
queriendo a mi manera, a mi estilo. Asumo que estoy perdidamente enamorado de
ella. Ella lo sabe y me ignora, a veces es indiferente, pero la entiendo, no
soy nada para ella. Pero ella es muy increíble; hasta haciendo eso es genial.
Ojalá me hiciera caso. En serio que me gusta.