Cuando camino por el malecón, ese tipo de banquitos me recuerdan
la vez que leí una novela (es más que una simple novela) estupenda que influyó
mucho en mi manera de pensar y ver las cosas: “La Náusea” de Sartre. No leí el
libro en ese lugar, me recuerda al vacío que hay en él, y que siempre surgen
dudas existenciales.
Tuve la suerte de leer el libro en el año 2009, cuando aún era
muy jovencito -Wow, cómo ha pasado el tiempo, ya van diez años-. El libro no me
ayudó en ese momento porque llegó cuando padecía de una depresión al borde del
suicidio por las malas decisiones. A veces hay personas que llegan a la vida de
uno para salvarlos cuando no se puede hacerlo solo, hay libros que también
llegan y ambos llegaron cuando más necesitaba ayuda; no de la manera como me lo
imaginaba.
No culpo al libro, pero el ser pesimista, mi sentido de libertad,
la no creencia en Dios, el mirar con desdén a quienes me rodean, se hicieron
mucho más intensos a partir de allí.
El jovencito creció viendo el mundo con
asco, viendo el enorme universo que estaba en frente sintiéndose pequeño y el
abismo en el que se encontraba parecía enorme; sin embargo, un lugar que ansiaba
conquistar, que todavía piensa que existe esa posibilidad.

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