domingo, 22 de diciembre de 2019

MI NOMBRE ES GORKI MAQUERA:



(Cinco años después, cuando Facebook me lo recuerde, también quisiera que esta micro-biografía se lea en otros lugares aparte de este medio).

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Antes que nada, me encanta romantizar mi vida. Mi nombre es Gorki Maquera (da igual con "y" o "i”, aunque la prefiero con la primera). Nací el día número veintisiete del quinto mes del año 9-; así que tengo veinti-largos años encima. Aunque escribo como si hubiese vivido al menos cuarenta o más. No hablo por las experiencias sino por mi abundante sentimentalismo y melancolía. Desbordo emociones desde la niñez y todavía no aprendo a controlarlas. Soy originario de la región de Puno, aunque me hubiera gustado nacer en la República Independiente de Arequipa.

Actualmente me encuentro estudiando Literatura en la Universidad Nacional del Altiplano de Puno de la cual no puedo estar más orgulloso. ¿Por qué Literatura? La respuesta a la pregunta del siglo radica en dos décadas de un entorno cuadrado. No comparto las mismas ideas de mi padre. Mi mamá es la mejor persona del mundo. Ella me apoya más, cree en mí y eso es suficiente.

Sin embargo, preocupados por la situación laboral del país, me pidieron un sustento aceptable: el título de una carrera universitaria que, si bien no me apasionaba, al menos podía darme trabajo. Me negué a estudiarla (solo diré eso aunque no es verdad). Fue entonces cuando elegí Ciencias de la Comunicación Social, aunque antes concluí con éxito y satisfacciones la..., la que estudié solo para autoafirmarme que no necesitaba a nadie y menos un psicólogo para ponerme bien, y lo conseguí... (También es otra mentira o yo qué sé).

Mi educación media superior constituyó un debate entre “el qué quiero ser y el qué debo ser para tener éxito en la vida”. Estudiar Medicina era mi fascinación y siempre partía de la pregunta ¿Cómo podría alguien que de niño soñó con ser un gran científico, director de la NASA, convertirse en un súper dotado y vivir en el Silicon Valley, London o París? Nunca obtuve respuesta. Desistí cuando cursé el tercero de media en mi último año del vocacional (otra mentira). La admiración que sentí hacia la literatura francesa, sobre todo porque creí y creo en la tesis de La Literatura Comprometida de Jean Paul Sartre y en la magia de la Literatura inglesa, fue lo real. Eso terminó por convencerme de que estudiar Comunicación era una buena idea.

Jamás pasó por mi cabeza dedicarme a las letras. Siempre pensé que haciéndolo le perdería el gusto a la escritura. Para empezar, porque me daría cuenta de lo malo que soy, y para terminar, porque no me agradan los académicos, siempre me parecieron gente creída. Pero cuando estudié Ciencias de la Comunicación Social, se fue esa magia que tanto temía a que se separara de mí, y no pude evitarlo. Cuatro años y medio en los que la Literatura no fue pan de cada día y el poco estímulo recibido (nulo), hizo que mi gusto a las letras desapareciera.

A pesar de estar satisfecho con mi carrera actual, apliqué a la Facultad de Ciencias Políticas y Jurídicas dos veces para estudiar Derecho; no me quedé. En ese momento decidí invertir todo mi empeño en la universidad sin dejar de lado la poesía y la novela, mis únicas vías de salida.

Empecé a escribir textos en el año 2007, de ahí en cuanto mi número mágico: el siete; aunque ya llevaba bastante tiempo deseando hacerlo. No conozco a jóvenes con los que quisiera compartir mis sueños, pero sé que los hay y merecen todo mi respeto. Un tiempo atrás quemé todo lo que había escrito por miedo a que alguien lo leyera, tampoco me arrepiento, sé que estaban mal escritas esas antologías.

Tengo tanto en mente y en papel que, cuando llegue el momento, será mi primera novela. Ojalá. Lo que comenzó como una salida de emergencia para un adolescente de catorce años golpeado por el desamor, ha desembocado en varias catarsis que he hecho y me ha regalado, en privado, los mejores momentos de mi vida.

El que siempre lo da todo, termina perdiendo todo. Que muchas veces la vida no es justa con algunos. Que el para siempre no dura más que un suspiro. Que un te quiero, por más sincero que sea, no es creíble para quien lo escucha. Que hagas lo que hagas siempre va a ser un error para los demás. Que el hablar de más puede ser usado en tu contra. Que el dinero no lo es todo en la vida, pero es importante (otra mentira). Que el verbo amar no se conjuga en el pretérito pluscuamperfecto, sino en el presente simple del modo indicativo de la primera persona del plural. Que todo es relativo en la vida. Que nada dura para siempre aunque a veces así pareciera.

A lo largo de este tiempo he aprendido que nunca es tarde para lo que uno quiere hacer. Nunca es tarde para cambiar. Nunca es tarde para empezar de nuevo. Nunca es tarde para rendirse y dejarlo todo sin que nadie te exija explicaciones. Nunca es tarde insistir en lo que te apasiona. Nunca. El miedo siempre está.


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(Gracias por leerlo, y si puedes escríbeme en privado para escribirte algo bonito, de eso se trata la Literatura, de dejar huella en personas que aún no conozco. No quiero morir sin dejar algo aquí, y no moriré sin conocerte a ti).

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