Quise guardar este acto repetitivo para otro post porque hasta ahora no puedo controlarlo aunque su intensidad ha bajado demasiado. Solía tomar pastillas para calmar la angustia, la ansiedad y el miedo, pero me dejaba muy golpeado físicamente. El dolor por dentro es el que duele más, lo que hay afuera no es nada comparado a lo que hay dentro.
Todos los actos mencionados comenzaron por el año 2009, o dentro de ese lapso. No tengo una clara certeza, pero en su apogeo por el 2012 fue una tortura que mi cuerpo tuvo que soportar, aguantando en silencio hasta finales de 2013. Dos años que parecían no tener fin porque esos actos me bloqueaban a tal punto de tener miedo a las personas, convirtiéndome en un fantasma en vida. No hablaba con nadie.
Fue por esos días que llegó el amor propio lo que me ayudó a sobrellevarlo. Me autoflagelaba para convencerme que lo que hacía estaba mal. Olvidar cada acto era muy complicado porque me generaba angustia y miedo, pánico a que algo malo sucediera. Empecé a estudiar en profundidad este trastorno y mediante duros castigos psicológicos y físicos lo superé en cierta medida. De esos castigos hablaré en otro post.
INICIO:
Siempre me dicen, como si no lo supiera, que las cosas cambian en el tiempo, pero para mí es muy difícil entenderlo debido a este trastorno. No soporto que algo cambie, no porque yo no quiera, sino porque al haber un cambio me da angustia y ansiedad a tal punto que lo único que sé es que me dan ganas de llorar, me desespero, y la angustia me mata aunque no lo muestre.
Debe haber iniciado junto con los demás actos, en algún momento en el tiempo que no recuerdo, aunque intento regresar al pasado y no logro encontrar ese punto de inicio. Cuando caminas, evitas pisar las rayitas de las veredas; ese fue el inicio. Ese hecho provocó grandes convulsiones y obsesiones en mi vida.
Lo que sé es que en algún momento comencé a organizar mi cama y me gustaba hacerlo porque me hacía bien. Una vez me llamaron y querían un objeto que había en mi cuarto, les dije que entraran para sacarlo. Eso cambió todo, ese pequeño cambio lo destruyó todo.
Cuando regresé, mi cuarto no estaba como lo dejé. Me molesté porque lo relacioné con el mal día que tuve y allí surgió ese miedo al cambio ya que un pequeño cambio podía ocasionar un caos en mi vida.
Este trastorno lo tengo hasta ahora. Me es difícil dejarlo de lado porque intenté de todo para olvidarlo y no puedo. Una temporada asistí con un psicólogo, pero no funcionó. Lo que siempre he hecho es convencerme a mí mismo que está mal. Hacerlo produce dolor y no es bonito vivir así, pero esa es la única opción que tengo. Por eso no me quedo mucho tiempo en un lugar porque tiendo a apegarme y luego me es difícil soltar, ese trastorno genera eso.
LA CAMA, EL CUARTO:
Una vez que despertaba empezaba a ordenar mi cama. Esto aquí, eso otro allá y luego salía. Hasta allí parece muy normal porque todo el mundo lo hace.
Pero mi sentido de orden era muy obsesivo. Si un día había colocado una llave en una mesita, al día siguiente tenía que dejarlo en ese mismo lugar y en esa misma posición.
La almohada en esa posición, la pijama en esa otra y doblada tal y como lo había hecho el día anterior. Esa obsesión a tenerlo así, organizado metódicamente, generaba una convulsión ya que si no lo hacía no me sentía bien, lo que daba paso a la angustia.
También la obsesión aumentaba en intensidad, solo cuando me observan detenidamente se dan cuenta de lo que me sucede. Hay pocas personas que se dan cuenta que algo me pasa, o de mis cambios repentinos de humor.
LA MISMA ROPA:
Una vez alguien me preguntó que porque usaba la misma ropa todos los días. Mi respuesta era un no sé rotundo. Yo tampoco lo sabía hasta que me di cuenta.
Empezaba a salir con un tipo de ropa y al día siguiente quería seguir poniéndome esa misma ropa, una y otra vez, si no lo hacía aparecía en mi mente esa ansiedad, angustia, desesperación.
La ropa se ensucia y yo las lavaba en las noches para que al día siguiente se pueda usar nuevamente. Si no secaba me las ponía así mojadas o en su defecto no salía, me quedaba en casa esperando a que secara. Tenía pánico usar otro tipo de ropa.
Durante el apogeo del trastorno, esos dos años no cambié de ropa. Seguía esa rutina como si fuera una regla de oro que no dejaba de cumplir.
Cuando abandoné el uso de la misma ropa tuve que seguir un ritual extenso donde me decía que nada malo pasaría y que ya era tiempo de dejarlo. No se podía. Hasta ahora, muchas veces continúa esa obsesión, intento controlarla, pero muchas veces me gana la convulsión.
LOS LIBROS, LA MOCHILA:
Si alguien me quitara mi mochila encontraría de todo, nunca saco nada. Todo tiene un orden y muchas cosas están allí solamente por si acaso, pero más que todo por miedo, ya que si sacara algún objeto me daría una ansiedad imposible de controlar. No tendría ganas de hacer nada.
Por otro lado, antes, cuando me compraba un libro, solía tenerlo junto a mí o llevarlo a todos lados, sin importarme si se maltrataban. Cuando los leía a veces los rayaba o doblaba algunas hojas. A veces los prestaba y no importaba cómo me lo devolvían. Era hermoso ver que alguien hiciera un rayón porque para esa persona ese punto en el texto significaba mucho.
Luego se creó una idea en mi mente. Debía tenerlos bien organizados, no ensuciarlos, cuidarlos como si fueran algo muy valioso. Cuando me decían que se los prestara me negaba diciendo que no tenía ese ejemplar o solo negaba porque creía que ellos no me los cuidarían como yo los hacía. "Cuídalos, no los maltrates", era mi frase favorita. Algunos se molestaban por eso, yo no sabía qué decir.
En mi mesa los tenía muy organizados, dependiendo de mi humor. Ya sea de grande a pequeño, o de acuerdo a cómo llegaron. Una vez que estaban ordenados no los movía nunca. Cuando los cogía los debía de regresar a su mismo sitio, tal como lo ordené.
Hacer eso era muy difícil porque mi mente tenía que recordar cómo estaba ese libro. Cómo dije, si no lo ponía como lo había alzado no me sentía bien y pasaba a un estado grave de convulsión que muchas veces me paralizaba ya que prefería no coger ningún libro para que no surgiera esa angustia.
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Poco a poco he ido superándolo. La angustia ya no sé apodera de mí y eso es bueno. Siempre tengo miedo que todo esto se manifieste cuando estoy con alguien, por eso tiendo a alejarme de las personas para que no me conozcan porque no quiero que me juzguen por cómo soy.
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