-La literatura te salva. -Dijo ella-. No me digas que no. Todo lo que hay atrás duele, quema, arde, ese pasado no se puede olvidar, pero la literatura te salva, no hay nada como un libro y olvidarte de tu realidad.
-No sé qué decirte. Lo siento. -También él sentía rabia-. Si hubiera podido hacer algo lo habría hecho sin dudarlo, pero no podemos, no puedo, no hay manera de remediarlo.
-Lo sé. Gracias. -Su voz era suave, con mucha ternura-. Ya pasó, para qué recordarlo si solo trae dolor.
Cuando hablaba parecía como si cantara. Tenía subidas y bajadas. Respetaba los signos de interrogación, admiración, la coma, el punto. Cuidaba bien los silencios. La lectura moldea tus expresiones, tu vida, todo.
Eso todo el mundo lo sabe, al menos quien disfrute leer, aunque el hacerlo es también encontrarse con un enemigo mortal, tu mente y tu soledad. Cada quien se hace daño a su manera, nos guste o no, conscientes o no.
Cuando la dopamina hace efecto en el ser humano todo parece ser posible. Caminas y eres capaz de conquistar el mundo. Tus sueños parecen ser posibles.
Todavía no ha olvidado aquel hermoso poema que le dijo cuando tenían un mes de haber salido, ahora de eso hace 4 meses. No le gustaba su estilo de amor romántico, es más, lo detestaba, pero lo quería mucho, más que como pareja, como amigo, como confidente, como todo. Se parecían, pero eran muy diferentes, independientes, solitarios. Las imperfecciones son las que te hacen perfecto. Es buena, cierta asimetría.
Los dos cursis, los dos en el cielo, los dos mirándose cada vez y olvidando el mundo que los rodea, todo magia y felicidad. Besándose, haciendo el amor a escondidas, hablando desnudos en la cama como viejos amantes, sin experiencia, aprendiendo juntos, y enseñándose lo poco que sabían, gimiendo, disfrutando de placer, pero siempre usando preservativo. "No hay jaleo sin preservativo", solían decirse el uno al otro.
Tirados en cama, siempre hablando de literatura. Besándose, mientras ella le colocaba el látex con sus labios, teniendo cuidado de no perforarlo con sus dientes. Y con esos mismos labios color rosa, recorría su pene, erecto y firme, mientras él permanecía boca arriba en la cama. Lamía su miembro con suma lentitud, disfrutando cada trozo. Sentía placer al tener control de ese momento, se sentía poderosa, una reina. Cuando se encontraba lista, subía lentamente en ese cuerpo que esperaba ansioso como cuando uno sube a una bicicleta. 'La quiero adentro', susurraba ella. Cogía el miembro con fuerza hasta donde sabía que no lo hacía daño y lo llevaba hasta ese lugar, donde se unía como un puzle, rompecabezas. Primero lento para no forzar las piezas y luego movimientos aceleratorios y ondulantes. Terminaban juntos tras media hora de gemidos que no se oían hasta afuera de la habitación. Veían el sexo como una fuente de liberación, antiestrés, antidepresivo. El amor. Piensas.
La calle, el muelle, el mirador, la ciudad, todo es lo mismo, menos tú. El mundo gira incontenible, el tiempo siempre cruel y despiadado. ¿Nunca te ha pasado que pensaste que en algún momento sientes que repites todo lo que has vivido cuando eras pequeño o todavía un ser inocente, sin cuestionar nada a tu alrededor? Preguntas van y vienen, como el sexo.
No elegimos nacer, no nos preguntaron si queríamos hacerlo, no elegimos la fecha, ni la hora ni el momento, ni el lugar. Nada. No depende de nosotros. Se da por una fuerza incomprensible, inevitable, y no nos queda más que aceptarlo, nos guste o no. Quizás.
Pudiste haber tenido un mejor padre, millonario, bien parecido, no ese que siempre no hace nada, sin espíritu, sin sueños. Tu madre también pudo haber sido de esa otra forma, pero está bien, ella está bien. Pero no los elegimos. Simplemente se da, qué duda cabe. O ¿no? Piensas.
En cada milílitro de semen la cantidad normal de espermatozoides varía de unos 12 a un poco más de 250 millones. Cuando una mujer y un hombre tienen relaciones sexuales, y este eyacula dentro, los espermatozoides pueden vivir unas 72 horas en la vagina. Esos millones de células luchan por encontrar un óvulo para formar vida. Solo uno es quien consigue el objetivo.
Fuiste afortunada de haber nacido porque de todos ellos ellas tú lo conseguiste, pero no lo elegiste, simplemente se dio. Tu padre y tu madre se pasaron 3, 10, 15, 30 o 60 minutos retozando sin cesar, dándose placer mutuo, recorriendo cada centímetro cuadrado de sus cuerpos, lamiéndose. En un cama, en un carro, en el cine, en la playa, en el bosque, en donde sea que haya ocurrido tal encuentro. A la luz de la luna o en pleno mediodía. Simplemente sucedió. Quizás.
¿Ahora crees que pudiste elegir? ¿Realmente crees que pudiste? Ni siquiera elegiste tu nombre. Lo llevas porque a otros les gustaba, pero a ti no. Nunca te pidieron una opinión. Las niñas deberían elegir su nombre cuando sean capaces de hacerlo. 'Pero me gusta, es bonito mi nombre; según me dijo mi madre, mi nombre es la combinación de otros dos'.
-Nunca te lo dije, ¿verdad? Hace un tiempo leí una bonita novela. En ella hay un personaje que se parece mucho a ti. -Lo dijo muy convencido.
-Y ¿cómo es? -sonrió.
-¿Qué? -Se mostró contrariado. -¿La historia?
-Obvio que no. -Siempre sonriente. Sus dientes eran blancos, brillantes, rectos y perfectos. -La chica.
-A ver, la descripción es parecida, incluso hasta cuando frunces el ceño. 'Cuando te enojas me das mucho miedo', pensó. -Le miró de frente y muy risueño-. Eres tan real que parece mentira que yo esté sentado aquí, junto a ti, sin saber qué más decirte. Soy muy afortunado de tenerte, de conocerte. Por qué no llegaste antes. Por qué.
Era verdad. Hace años, para qué decir cuántos, se enamoró de un personaje de ficción porque así como ella, era un ser libre, comprometida y lleno de interrogantes. Se cuestionaba así misma y el mundo que le rodeaba. Fría y calculadora. Romántica y solitaria. Alta y con ojos pardos y enormes. Cejas pequeñas y con forma de medialuna. Frente ancha cubierta con su flequillo que cruzaba de derecha a izquierda. Llevaba, a menudo, una vincha color azul y justo detrás, antes de llegar a la coronilla, un gancho tipo clip en el lado derecho.
Su rostro, pecoso y con lunares, era redondo. Su nariz, pequeña y recta. Sus labios eran como para olvidar que el mundo aún giraba, rosados, color mate, aunque los prefería de violeta, su color favorito junto con el azul añil.
Usaba maquillaje sin exagerar, de por sí su piel era lisa, suave. A veces usaba rímel, aunque sus gafas ovaladas no lo dejaban ver, y sus ojos eran enormes y circulares. La montura azul y gruesa le quedaba bien.
Su estilo inconfundible, ocasionalmente usaba pantalón vaquero ajustado, vestido o minifalda, junto a esto en días fríos usaba panties color negro, transparente y en días soleados mostrando su piel tersa y suave. Su cadera ancha. Pese al clima, su piel era blanca, fina.
Nadie sabía que en su pierna derecha, a la altura de su muslo en la parte interna, cuatro dedos por encima cuando usaba una minifalda, ella tenía un precioso lunar, pequeño, de dos milímetros de diámetro, redondo y pardo.
Dependiendo de la ropa que llevaba, en los pies se ponía zapatillas y a veces zapatos con bota alta. A veces, cuando usaba jean ajustado se ponía unas botas de color marrón, y en todo caso las negras que también le quedaban bien.
Encima, de la cintura para arriba, cuando usaba vestido, se ponía una correa que le formaba el cuerpo. Siempre usaba una chaqueta de jeans y solo abotonaba los dos primeros botones cercanos al cuello. En caso de usar pantalones jean prefería llevar una polera con capucha, entre sus colores favoritos estaban el negro, rosa, verde petróleo, azul añil y turquesa, rara vez vestía con el plomo y el rojo.
Cuando llevaba minifalda, usaba chompas abiertas tejidas y dentro una blusa no muy escotada, aunque el primer botón no lo introducía en su agujero. A decir verdad no tenía los pechos grandes, sino más bien medianos. El del lado izquierdo era un poco más grande que el otro, pero nadie lo sabía, tampoco nadie se daba cuenta. Una mujer conoce bien su cuerpo. Ansía libertad.
Y cuando se trata de libertad, había quien le ...

