#mi_primera_novela
Caminas por esa larga avenida que
alguna vez fue uno de los mejores recuerdos de tu vida, y de repente sucede,
esa es la primera de las muchas veces que ocurrieron. Todo se nubla y es como
si retrocedieras en el tiempo y todo a tu alrededor desaparece...
—Sufro de ansiedad y lo sabes. De
repente me da pánico, nerviosismo, sudoración, miedo, y luego se vuelve incontrolable
y no puedo evitarlo —Levessy habló con la voz más calmada que tenía, pero las
palabras se amontonaban por salir—. No son excusas. Empiezo a sentirme mal y ya
no sé qué hacer. Si supieras cómo me siento en ese entonces, es raro... Gracias
por ser así conmigo. Eres la mejor y en mi vida siempre estarás primero, aun
sabiendo que nada dura para siempre.
–Lo sé, y no es por eso que me
alejo. Te acepté tal y como eres. Nunca quise cambiarte. Eres el chico más maravilloso
que conozco, pero... –hay pocas personas que al escuchar su voz suena muy
sincera: Jhosbenia era una de ellas—. No podemos seguir porque somos la mejor
pareja, nos llevamos bien, tenemos todo lo que nadie tiene. Eso me da miedo.
Miedo a que alguna vez todo termine mal y por eso es mejor cortar ahora para
tener un bonito recuerdo de los dos. Y no estoy haciendo drama.
Quien no podría entenderla, no la
conocía: le encantaba conservar momentos, lugares y fechas en algo más que un
simple papel: su memoria. Y esta vez, como muchas otras, su voz sonaba
convincente pese a que parecía había algo de absurdo en lo que decía. Continuó.
–¿Recuerdas? –Cuando hablaba así
era porque tenía algo serio en mente–. ¿Recuerdas que siempre te decía que
nadie puede ser feliz sin pagar algo para serlo? Somos felices y mucho, pero
tengo miedo a que esto se acabe tontamente y por eso prefiero que nos separemos
y seremos felices así, eternamente. Estoy segura.
–Te quiero.
–Lo sé. Me lo has demostrado en
todo este tiempo, pero...
–Hay mucho que podríamos compartir
juntos, tenemos tanto por vivir, por hacer...
–Esta es mi decisión. –Una vez hace
mucho Jhosbenia le dijo a Levessy que cada vez que le dijera que era su
decisión, nunca la juzgara.
–No puedes dejarlo todo atrás así
porque sí.
–Si puedo. ¿Recuerdas que cuando
nos conocimos éramos libres y queríamos hacer muchas cosas juntos? Libres pero
juntos. Y lo hicimos, hemos disfrutado el momento Levessy, el ahora, pero tú
sabes bien que nada dura para siempre. El tiempo pasa, pero los momentos quedan
para toda la vida. Todo está aquí —Jhosbenia señaló su propia sien con el dedo
índice de su mano derecha—. No he olvidado nada de lo que ha pasado entre
nosotros y no lo olvidaré.
–No sé qué decirte, siempre que
hablas tienes razón en todo. Tampoco podría detenerte.
–¿Ves que sí? Y sabes, yo también
te quiero, pero... Yo quiero salir adelante por mis propios medios y no
depender de nadie. Y tú sabes muy bien que si acepto una vida feliz a tu lado
no podré lograr lo que quiero. Un sacrificio implica otro, tú siempre solías
decirlo. “Todos debemos pagar algo valioso para tener lo que queremos del mismo valor”. Esa es tu
frase. Yo quiero pagar este amor por algo para mí. Es egoísta de mi parte, pero
no tengo opciones y creo que es lo mejor.
Silencio... Solo el sonido de la
lluvia en los techos de las casas hacía olvidar que estaban en la calle.
–No me gusta que llores. –Su voz
tan suave rompía cualquier palabra que sonaba horrible en otros lugares—. Algún
día, vas a encontrar a alguien mejor que yo y te hará la persona más feliz en
esta vida. Lo sé.
–Ya soy feliz contigo.
Jhosbenia se acercó. Levessy
tembló, como tantas veces en otro tiempo. Ella se acercó más y puso su mano en la
mejilla fría de él y susurro.
–Nunca voy a olvidarte Levessy porque
aunque no me creas siempre busqué a alguien como tú.
–No puedes irte así. Decir eso y
ya, marcharte como si nada. No quiero perderte —habló Levessy y las palabras no
salían como debían—. Quédate.
–Si el destino existe, siempre
habrá la manera de encontrarnos, pero no en este momento. En otro tiempo y
espacio. Aquí, ya te gustará alguien más, te abrazará y te amará así como eres,
nunca dudes de lo que haces, controla esa tu ansiedad tan desesperante, tus
locuras, tu ego tan alto que no te cabe en la cabeza. Ya habrá alguien que
adore estar contigo y luego recordarás que todo lo oscuro al final tiene una
luz. No me pierdes. Hay alguien mucho mejor esperándote...
–Se oye bonito cuando lo dices. No
puedes conocer dos veces a la misma persona. Sé que suena tonto, pero es la
verdad.
–Lo siento.
Y sin más, volvió la cabeza hacia
el lado opuesto, como quien se va al oeste. Giró el cuerpo y se marchó. De
espaldas era preciosa... realmente preciosa...
Lo siento, disculpa, gracias, son
palabras llenas de mentira, de verdad y rechazo. Son fáciles de decir, son
difíciles de asimilar, pero sobre todo nunca suenan convincentes cuando lo que
uno quiere escuchar es solo sinceridad, no una verdad. Decir esas palabras para
evitar comprometerse es más fácil que afrontar la verdad. Siempre ha sido así.
Dolor... Si alguna vez te punzaste
con una aguja de punta bien fina o si por una casualidad del destino cruel se
te introdujo una astilla en tu uña, no se compara con un dolor en el alma.
Soportar esa sensación de vacío, en sí misma, es la cosa más dolorosa que
existe, al menos en primera persona.
La luz del mediodía le hizo
despertar de ese trance. Una lágrima salió de entre sus ojos y un pinchazón
sintió en el corazón. Empezó a caminar por la misma dirección en la que ella se
había ido tiempo atrás. 10 años habían pasado desde ese entonces y todavía
parecía como ayer.
Dentro de una etapa de pérdida en
general, así como por la separación afectiva de alguien, siempre hay cuatro
momentos que aparecen sin un orden lógico, y pueden repetirse una y otra vez
hasta el final, como en un círculo vicioso, hasta llegar a la depresión. Ese
momento es cuando uno necesita ayuda, sobre todo de las personas que más
cerca están. Para él, el primer momento que apareció fue la culpa, duró unos
dos días en ese entonces. Pero no fueron los únicos. Sin aviso previo
aparecían, azotaban con brusquedad, hacían lo que querían con su cuerpo y
desaparecían, una y otra vez.
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