Estoy vivo,
y para estos tiempos,
esto ya es un logro.
Hola, me hago llamar Lapislázuli. Leer me hizo un ser solitario, sensible, triste, intenso y egoísta. Todo sucedió por desamor. Cuando tenía 15 años dejaron mi corazón hecho pedazos y como consecuencia de ello encontré en la literatura mi vía de escape de un mundo que detesto. Escribo desde los 15 en hojas de mis cuadernos vacíos. Creo en el amor, en su fuerza, y así como el dolor, es un motor que nos mueve. Este espacio es la recuperación de todos mis escritos y un lugar para conocerme mejor.
—¿Escribimos nuestros nombres en esta piedra? —La miró como un niño mira a su madre cuando quiere helado.
—¿No crees que eso es muy cursi? —su voz fría como la de un témpano de hielo, se escuchó suave en medio del silencio.
—El amor es cursi.
Le tengo miedo a las arañas desde que tengo uso de razón. Ese entonces creía que yo era un cobarde por tenerle miedo a un ser minúsculo al que se le puede aplastar con la yema del dedo meñique.
Lloraba cada vez que veía a ese ser de ocho patitas caminando de una manera espantosa. Ya sea por el piso, por el techo de una casa, en cualquier lugar en el que las veía me entraba el pánico. Fue horrible, y todavía lo sigue siendo. Lo que ha cambiado ahora es algo que también cambia con los años, al volvernos adultos: Nuestra manera de afrontar las cosas.
Cuando somos niños nos mostramos tal como somos, seres indefensos o abusivos, cobardes o valientes, nos importa un pepino el resto. Esa naturalidad con la que nos mostramos en la niñez, de un momento a otro se pierde con los años, sin darnos cuenta. ¿Pero en qué momento sucede todo ello? No es fácil de responder esa interrogante, solo es muy curioso.
Ahora, cada vez que veo una araña, lo que hago es coger un matamosca, respiro profundamente y ¡zaz! le doy el grito de gracia, seguro alguna ONG animalista vendría a mi casa y me diría, las arañas como las moscas necesitan vivir, que yo soy un asesino, pero la hipocresía es bastante alta debo admitirlo, y sé que nunca vendrán porque para ellos esos no son animalitos. Habría que mejorar ese concepto de animalidad o animalistas.
Por otro lado, no puedo ni debo llorar porque no se nos está permitido hacerlo; no debo gritar porque los grandes nunca gritan; no debo llorar porque me dirían que soy un cobarde y no lo soy; no debo llorar porque soy hombre; y esto me lleva a afirmar algo que el dichoso feminismo de la actualidad no cuestiona: los hombres, en menor escala, también son víctimas del machismo; y que la igualdad, en menor cuantía, sí existe aquí, no como en otros contextos en los que la mujer es mancillada y vejada de una manera horrible. Ahora bien, simplemente, no debo mostrarme tal y como soy. De hecho, en la vida misma sucede esto, las personas fingimos con los demás lo que no somos, pero tarde o temprano esa máscara se quita, tal vez no en esta vida, pero algún momento llega a suceder, tarde o temprano.
Nunca he llorado delante de las personas. De hecho siempre he fingido hacerlo, de la misma manera que tengo miedo a hablar en público; me da pavor, pero debo hacer de tripas corazón. El temor siempre está ahí. No se trata de buscar un libro de autoayuda para eliminar el pánico a las arañas, el miedo siempre está porque es mi esencia, cada uno lo tiene. "Aunque la mona se vista de seda", el miedo a las arañas sigue siendo el mismo, pero todo se puede fingir, pero no siempre se puede hacerlo.
¡¡FELIZ NAVIDAD!!
JOYEUX NOËL!!
MERRY CHRISTMAS!!
FELIZ NATAL!!
Feliz Navidad a todos los que, en silencio, leen este blog/diario. Amigos, no-amigos, conocidos, desconocidos y personas a las que este último año conocí... y desde luego... a tí, que siempre estás.
Gracias por bloquear mis inseguridades, mis dudas, mi falta de entusiasmo, mi locura, mis malas costumbres, mis rabietas, mis enojos, mis excesos, mis todos.
Gracias por hacerme cada día mejor persona, mejor ser humano. Por enseñarme a vivir aun en las circunstancias más difíciles. Por enseñarme a no rendirme. Por enseñarme a sonreír cada día y a vivir cada instante, no como si fuera el último, sino como lo que es: realidad.
Lo siento mucho, así soy yo, raro, y tengo esa extraña manera de querer y no querer, y no es que sea una justificación todo esto, sino que es un hecho tangible dentro de todas las posibilidades.
No ha sido un gran año ni tampoco uno peor, pero ante todo y contra todo he salido con la frente en alto.
Puno, 27 de diciembre de 2021.
Luego de casi un año regresé a la ciudad que no me vio nacer porque nací en Arequipa, pero por azares del destino crecí en Puno, en una ciudad a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar.
Es verdad, regresé para solucionar muchas cosas porque me gusta que todo esté bien, y eso intento ahora porque si no lo hago es como una mancha en mi vida, y eso pienso que está mal. En fin.
| He vuelto al mismo lugar de siempre otra vez... y todo sigue igual. |
Regresé, no para quedarme, sino para volver, porque si algo aprendí es que uno siempre regresa a aquellos lugares donde fue feliz, y tengo la certeza de que esta ciudad, este país, no me da todo lo que quiero. Nunca me ha dado felicidad.
Siento que en este lugar me estanco, siento que se me van los sueños hacia el abismo y se pierden y se confunden y desaparecen, y me olvido de vivir, de mi vida, como ese boulevard, porque, al final de cuentas, todos terminamos allí, en un boulevard de los sueños rotos. Y la verdad es que yo no quiero terminar ahí.
Este último año, entre bajadas y subidas (más bajadas tal vez), la vida se me ha ido, pero la he recuperado poco a poco, y de eso se trata, la vida continúa a pesar de todo lo malo que te pueda a pasar porque solo vale la pena de ser vivida, si le encuentras algo de sentido a todo lo que haces.
Y no lo encontré aquí, lo encontré allá y eso vale todo el oro del mundo. Al menos así lo considero yo.
La literatura me cambió la vida, siempre lo he dicho. Llegó sin pensarlo y removió los cimientos de mi existencia. Me trajo felicidad, amor y es la mejor compañía cuando la soledad visita mis entrañas. Todo tiene un inicio y se remonta a mis años de estudiante de pantalón corto, cuando estaba en tercero o cuarto de media, a mis 14 o 15 años de edad, cuando todo era color de rosa y no me daba cuenta. La edad en que por fin abrí los ojos y supe dónde estaba parado. La historia nunca ha cambiado porque es imposible, ya forma parte de mi existencia.
Todo comenzó porque me dijeron que yo le gustaba a una compañera de mi salón. Era alta, cabellos ondulados y largos, mirada inquisidora. Y era verdad, porque cada que exponía o hacía preguntas o salía al frente me buscaba con la mirada, sus ojos resplandecían, me ponía nervioso. Se sentaba en la segunda fila del lado izquierdo de la primera columna, al lado de la puerta. Cada vez que entraba al salón sentía su mirada sobre mí, ya que yo ocupaba la misma columna solo en la parte de atrás, en la penúltima fila. Era inevitable.
Así pasaron seis meses, nunca le hablé durante ese tiempo, ni di indicios de nada, y tampoco me di cuenta desde cuándo me empezó a gustar, solo pasó y ya, como todo en la vida. Dejé pasar el tiempo. Cada vez nuestras miradas se cruzaban más, se decían palabras incomprensibles y yo nunca tuve el valor de hablarle, y ella tampoco. Luego poco a poco me di cuenta que ella ya no hacía eso de mirarme o en palabras simples: de coquetear. Fue allí cuando pensé que si no se lo decía tal vez nunca sucediera nada.
Un día sin más me armé de valor y decidí que era tiempo de decirle lo que sentía en ese momento, que me gustaba; le di mil vueltas al asunto y fijé una fecha. No recuerdo exactamente cuándo, solo sé que estaba nublado y es probable que haya sido por el mes de octubre o noviembre. Ese día fui al colegio decidido. Esperé y esperé hasta encontrar una oportunidad y nunca la hubo durante las clases. Esperé la salida y sea como sea iba a hablarle, así estuviera con sus amigas.
Vi que recogía sus cosas, sus cuadernos, alzaba su mochila y salía del salón. Esperé un momento y salí también. Digamos que la perdí porque el turno de salida era a las 6:40 de la noche ya que yo estudiaba en el turno tarde. No había, se había esfumado rápidamente. Pregunté a un compañero y me dijo que habían ingresado al baño. Esperé. Salieron. Siempre andaban en grupo. Fui detrás del grupo, como a 20 metros de distancia de ellos. Hasta que doblaron una esquina para salir por la puerta principal y tomar la avenida floral. Cuando yo doblé esa esquina ví a una pareja besándose, y ella era la chica de la que estaba enamorado. Se me cayó el mundo a mis pies.
Todavía siento esa sensación extraña de frío en el estómago, como cierta rabia y un poco de desazón. Seguí de frente, en dirección oeste, sin mirar a los costados. Doblé una esquina más y enrumbé camino por la avenida floral. No pensaba en nada, solo seguía un camino como masticando lo que había visto. Empezó a llover y fue allí cuando me derrumbé. La lluvia golpeaba mi rostro, empapaba los cristales de mis gafas y tras ellos por mis ojos descendían lágrimas.
En ese entonces yo vivía en la primera cuadra de la avenida floral, o mejor dicho, la última cuadra, a dos cuadras de mi colegio, en un cuarto alquilado. Seguí mi camino por la parte central de la avenida, sin mirar a los costados. No había mucha gente por la calle porque llovía con intensidad. Vi el bonito espectáculo del monumento que asemeja a una zampoña enorme, de siete metros de altura, y por la parte donde se debía soplar salían chorros de agua. Llegué a la intersección con la avenida Simón Bolívar y descendí por esa calle hacia el sur. No tenía un destino fijo. La lluvia amainó y nadie se dió cuenta de que había llorado porque el agua sobre mi cara lo disimulaba.
Caminaba como pensativo sobre la calle, hasta que me detuve en seco a la altura del estadio Enrique Torres Belón, donde había un triciclo que vendía discos "pirata" de películas a solo un sol. Busqué sin intención de comprar hasta que me topé con ese disco que cambiaría mi vida. Eran las ocho de la noche. Lo recuerdo clarísimo todo. La bolsita tenía un nombre en letras grandes que decía: "Harry Potter" y más abajo en letras pequeñas: "y el prisionero de Azkaban". Lo alcé y acerqué a mí rostro para tener buena vista y en la portada, debajo de esas letras aparecía la imagen de un chico con el pelo alborotado y con una cicatriz en su frente, y a su costado, a ambos lados, un varón y una mujer. También leí la sinopsis que había en el reverso.
Recordé. Hace dos años atrás había visto en el televisor a blanco y negro que teníamos una película de esas solo que los jóvenes que aparecían en la foto, en ese entonces todavía eran niños. Aquella película me pareció bonita, como todas, pero nada especial.
Le dije al vendedor que iba a llevar ese disco, lo hice probar, aunque era evidente que no iba a estar bien ya que solo era un disco "pirata". La imagen en su televisor a blanco y negro parecía verse bien. Le pagué un sol y me retiré de ese triciclo. Regresé a casa. Lo hice rápido porque hacía frío y como estaba empapado me era insoportable.
¿Qué tiene que ver una película con mi gusto por la literatura? ¿Qué sentido tiene todo lo que conté? Me enamoré de la actriz que interpretaba el papel de Hermione, fue como un flechazo, era consciente y aún lo soy de que eso no tenía sentido. Incluso la vida misma muchas veces no tiene sentido. Así empezó todo. Así llegó la literatura a mi vida. A mis 14 o 15 años. Mi amor a la buena literatura sigue hasta ahora. Nunca me imaginé que llegado a casa mi vida cambiaría de una manera increíble. Nunca. Para bien o para mal.