Le tengo miedo a las arañas desde que tengo uso de razón. Ese entonces creía que yo era un cobarde por tenerle miedo a un ser minúsculo al que se le puede aplastar con la yema del dedo meñique.
Lloraba cada vez que veía a ese ser de ocho patitas caminando de una manera espantosa. Ya sea por el piso, por el techo de una casa, en cualquier lugar en el que las veía me entraba el pánico. Fue horrible, y todavía lo sigue siendo. Lo que ha cambiado ahora es algo que también cambia con los años, al volvernos adultos: Nuestra manera de afrontar las cosas.
Cuando somos niños nos mostramos tal como somos, seres indefensos o abusivos, cobardes o valientes, nos importa un pepino el resto. Esa naturalidad con la que nos mostramos en la niñez, de un momento a otro se pierde con los años, sin darnos cuenta. ¿Pero en qué momento sucede todo ello? No es fácil de responder esa interrogante, solo es muy curioso.
Ahora, cada vez que veo una araña, lo que hago es coger un matamosca, respiro profundamente y ¡zaz! le doy el grito de gracia, seguro alguna ONG animalista vendría a mi casa y me diría, las arañas como las moscas necesitan vivir, que yo soy un asesino, pero la hipocresía es bastante alta debo admitirlo, y sé que nunca vendrán porque para ellos esos no son animalitos. Habría que mejorar ese concepto de animalidad o animalistas.
Por otro lado, no puedo ni debo llorar porque no se nos está permitido hacerlo; no debo gritar porque los grandes nunca gritan; no debo llorar porque me dirían que soy un cobarde y no lo soy; no debo llorar porque soy hombre; y esto me lleva a afirmar algo que el dichoso feminismo de la actualidad no cuestiona: los hombres, en menor escala, también son víctimas del machismo; y que la igualdad, en menor cuantía, sí existe aquí, no como en otros contextos en los que la mujer es mancillada y vejada de una manera horrible. Ahora bien, simplemente, no debo mostrarme tal y como soy. De hecho, en la vida misma sucede esto, las personas fingimos con los demás lo que no somos, pero tarde o temprano esa máscara se quita, tal vez no en esta vida, pero algún momento llega a suceder, tarde o temprano.
Nunca he llorado delante de las personas. De hecho siempre he fingido hacerlo, de la misma manera que tengo miedo a hablar en público; me da pavor, pero debo hacer de tripas corazón. El temor siempre está ahí. No se trata de buscar un libro de autoayuda para eliminar el pánico a las arañas, el miedo siempre está porque es mi esencia, cada uno lo tiene. "Aunque la mona se vista de seda", el miedo a las arañas sigue siendo el mismo, pero todo se puede fingir, pero no siempre se puede hacerlo.
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