jueves, 14 de febrero de 2019

EXPRÉSATE, LIBRE COMO EL VIENTO:


Mi profesora de psicología solía decirnos que uno de los valores que más se podía rescatar de las redes sociales es que permite a las personas poder expresar sus emociones libremente. Tiene algo de cierto, a veces eso es lo que hago, pero tal vez no de la manera más adecuada.

Es bueno expresarse, según el estado de ánimo en el que estés en un momento dado. Lo que hago yo, es básico, a veces escucho música, copio frases que encuentro en los libros que leo, escribo situaciones que observo en las calles o el autobús; algunas veces hago mis propias composiciones en servilletas de los restaurantes, en un pequeño diario que llevo a todos lados, en mi celular, en mis manos cuando no hay un papel cerca, y otros miles de lugares favoritos que tengo. Siempre hay algo que decir, algo con que desahogarse.

Mis hermanas acostumbran decirme que soy una persona muy emocional y cambiante. Es verdad, a medias. Desde lo psicológico existe el llamado trastorno de doble personalidad o, lo más extremo, Borderline. Mi tendencia es esa, pero no tanto. Puedo estar riendo a carcajadas y al otro momento estar en un estado de melancolía pura. Esta bipolaridad es muy característica en mí. No es que sea un trastorno mal tratado desde la niñez, no lo es, lo que pasa es que se ha acrecentado con los años. Yo no era así, pero desde hace varios años sí que lo soy. Una persona anormal, imperfecta, pero eso sí, inteligente.

jueves, 3 de enero de 2019

UNA CITA QUE NUNCA LEERÁS:


Sé que no vas a leer este trocito,
no creo que nadie te lo haga saber,
si algún día lo lees quiero que sepas que vales mucho para mí.

A veces pienso que estoy obsesionado contigo,
haber roto esa pequeña línea entre el amor y la obsesión,
solo sé que eres tan especial que no me doy cuenta.

Solo me gustaba escribirte,
o que me digas que deje de hacerlo,
aun sabiendo que llegado a este punto,
estoy molestándote demasiado.

Todo lo que siento se reduce a esas dos palabras,
te quiero,
seguidas de tu nombre.

Así soy yo,
tengo esa hermosa costumbre de ser cruel conmigo mismo.

lunes, 17 de diciembre de 2018

RECUERDOS:


Hay momentos que los conservo con melancolía. Siempre he sido así. Melancólico, curioso y divertido hasta una fecha que cambió todo en mí.

Recuerdo el día que leí mi primer libro. Tenía 15 años y algunos meses de nacido, cursaba el tercero de media en la secundaria. Esa fue la primera vez que terminé de leer un libro completo, que lo disfruté como nunca lo había hecho, hasta ese momento.

Fue la primera vez que reí a solas, como un loco, con un libro en las manos. Fue la vez primera que me olvidé de todo, hasta de comer. Fue lo más lindo que me pasó, lo más maravilloso.

A partir de ese momento empecé a abrir los libros que tenía y que nunca había echado un vistazo porque siempre los consideré aburridos. Fue la época que me arrepentí de no haberlos conocido más antes; simplemente fue genial.

También, a partir de esa fecha empecé a viajar con mi imaginación. Conocí Londres de Jane Austen, el París de Víctor Hugo, la Rusia de Tolstoi, la Colombia de Gabriel García Márquez, el Perú de Mario Vargas Llosa y la Francia del Jean Paul Sartre; siempre quise aprender francés.

Hasta esa fecha me pareció que fui una niñito bien, de cabello alborotado y negro. Posterior a ello algo fue que cambió, porque nada fue igual. Fue la época de dejar todo lo que tenía planeado y supe que no podía hacer lo que tenía pensado, sino lo que debía hacer pese a que sabía (y aún sé) que no era (que no es) fácil.
Fue maravilloso porque conocí los libros; peor, porque me encontré con la soledad, pero más peor aún, porque me habría gustado conocer la lectura desde muy pequeño.

Fueron esos días que empecé a caminar con mi libro en la calle. Solía ir a leer al muelle que siempre consideré mi lugar mágico. En ese momento mi vida se convirtió en solitaria. Todo cuanto hice antes, de repente se volvió pasado y todo lo que hacía a partir de ese momento se convirtió en futuro.

Miré el futuro con desesperación, con angustia, con soledad, hice mal, lo sé. Y no estaba equivocado. No cambió nada. No es como siempre la imaginé.

martes, 13 de noviembre de 2018

SOLÍA PENSAR:


A veces me pregunto si existe vida después que uno muere. Mamá solía decir que no. Que al final la persona que muere se convierte en polvo, bueno, es una enseñanza que siempre nos han dejado.

También solía decir que cuando uno muere, el alma de una persona abandona el cuerpo y este está como vagabundo en el mundo, dependiendo de cómo haya muerto la persona. Le tengo miedo a la muerte porque sinceramente no sé cómo voy a morir. Me gustaría dormir y despertar muerto. Sería una muerte muy digna, hasta cierto punto.

Hace unos años la muerte estuvo cerca de mí. Por unos milímetros me salvé. Casi caigo del segundo piso de mi casa. A veces me pregunto cómo hubiera sido la vida después de mí si es que habría muerto en ese momento. Tal vez me habría ahorrado miles de sufrimientos, tal vez no. Es increíble cómo de relativo pueden llegar a ser las cosas.
Realmente uno nunca sabe qué podría pasar si morimos ahora, pero siempre tendremos esas dudas. Al menos yo, pensaré que hubiera sido mejor, al menos para mí.

miércoles, 31 de octubre de 2018

UNA VEZ MÁS:


-Hola, ¿Cómo estás? -Lo decimos al unísono. Hace frío. En mi reloj ya son pasadas las siete de la noche; en el de ella, no tengo idea. Ella, como siempre, hermosa. Yo, nervioso. Caminamos en paralelo, ella es mi guía, mi luz, poesía hecha realidad. De vez en cuando la miro de reojo: bella; no tengo palabras.

Me habla. La escucho. No soy tan expresivo y no sé de qué tema hablarle. Solo quiero contemplarla. Me siento abrumado por ella, en el buen sentido, claro está.

Le preocupa que nos vean caminando a solas, en la noche. En mi mente digo, ya que importa, la gente es estúpida, pueden hablar lo que quieran de mí porque yo sé mi verdad; pero me da cólera cómo puedan llegar a hablar de ella, eso no me gusta, siento que dicen cosas estúpidas.

Luego de ir caminando unos minutos, nos sentamos sobre los asientos de cemento. La miro, después de todo ella está en mi memoria, la tengo dibujada con lápiz 2B en mi mente.

-Dame tu mano, quiero estrecharla. -La miro. Mi voz está temblorosa.

-No. No debo. -Su voz se escucha decidida, firme. Me gusta su voz. Para mis adentros digo: ¿Por qué?

-Solo quiero agarrarte de la mano porque...

-Tengo enamorado. -Duele. Me lo dice como si escuchara mis pensamientos. -No debería estar aquí, a solas contigo. -Duele más que no me mire a los ojos cuando habla: su indiferencia para conmigo. No sé qué decirle. Se me olvidó todo lo que iba a decir. Ojalá no fuera cierto lo que me dice, pero sé que ella es muy sincera conmigo, así siempre lo ha sido. -Hablemos sobre otros temas, pero no sobre eso. -Continúa de manera tranquila.

¿De qué hablar? Me pregunto en mi mente. Si en mi cabeza solo está ella. Todo ronda en virtud de ella. Toda ella está en el lado izquierdo de mi pecho: su voz, sus ojos, su sonrisa, su todo. Absolutamente todo. Ella, creo que ella no lo sabe, y si lo sabe, sabe muy bien como ignorarme.

miércoles, 10 de octubre de 2018

MIRANDO ATRÁS:


Tenía nueve años cuando recité mi primer poema. Estaba en una escuela particular, la pensión que se pagaba era cara, pero los resultados que dejaron en mí lo valieron enormemente. En ese entonces era un niñito bien, de cabello alborotado, cachetón, que jugaba a esos juegos antiguos que hoy desaparecieron por la tecnología. Simplemente era yo.

Recité un hermoso poema de Nicómedes Santa Cruz. Curiosamente un peruano, pero bueno, aquella época fue efímera y desde luego he cambiado de gustos. Ese poema me ha marcado mucho porque tan sencillo como es cuenta y dice mucho: “A Cocachos Aprendí”.

Es verdad, aprendí a cocachos, y todo lo que aprendí se lo debo principalmente a mi madre. En segundo lugar a mis maestros. Si no hacías la tarea, te tocaba la palmeta. Si no atendías a la clase, al rincón quita calzón. Faltabas a una clase te cantaban esos versos que ahora parecen hermosos: faltón, chichón, saca tu calzón para hacer chicharrón. Fue la época en la que todo era diversión y todo funcionaba bien.

Cuando me paré al frente, yo estaba en el quinto año. Me atreví a mí mismo a declamar ese poema que me costó un tiempo en aprenderlo, pero hasta ahora no lo olvido.

Empecé tembloroso, mi labor de colegial, cambié el nombre del colegio por el de mi escuela, nos sentábamos de a tres en una sola carpeta, cuánta verdad en ese poema, pero el estar así creaba lazos fuertes entre los estudiantes, A Cocachos Aprendí, le di énfasis a esas letras.

De la segunda estrofa no era fan porque yo era todo lo contrario, por dedicarme al recreo, tanto en aseo y aprovechamiento era el mejor de todos, no tenía una buena voz, ¡Chocalá pa’ la salida! Lo mejor siempre era la hora de ir a casa, perdiendo mi labor de colegial.

Recuerdo que jugábamos al lingo, ¡Rey del trompo con huaraca! Nunca me hice la “vaca”, ¡y en bolitas el primero! En aritmética tenía veinte, en geografía lo mismo, el oral y el escrito eran fáciles, en  ese colegio del barrio donde nací. Era un niñito bien de cabello alborotado.

Terminé con una nota decente, el quinto fue mi gran año, todo queda en bonitos recuerdos, no perdí el tiempo, lo pasé mejor que ahora, le daba tiempo a mi "intelectualidad", yo sí aproveché la escuela del lugar donde nací.

No era un poema con el que me identificaba, pero había mucha verdad en él. Me sentí emocionado al declamarlo, aunque el niñito bien ya no es el mismo. Ni en mis más remotos sueños imaginé lo que ahora me gustaría llegar a ser.