Hay
momentos que los conservo con melancolía. Siempre he sido así. Melancólico,
curioso y divertido hasta una fecha que cambió todo en mí.
Recuerdo el
día que leí mi primer libro. Tenía 15 años y algunos meses de nacido, cursaba
el tercero de media en la secundaria. Esa fue la primera vez que terminé de
leer un libro completo, que lo disfruté como nunca lo había hecho, hasta ese
momento.
Fue la
primera vez que reí a solas, como un loco, con un libro en las manos. Fue la vez
primera que me olvidé de todo, hasta de comer. Fue lo más lindo que me pasó, lo
más maravilloso.
A partir de
ese momento empecé a abrir los libros que tenía y que nunca había echado un
vistazo porque siempre los consideré aburridos. Fue la época que me arrepentí
de no haberlos conocido más antes; simplemente fue genial.
También, a
partir de esa fecha empecé a viajar con mi imaginación. Conocí Londres de Jane
Austen, el París de Víctor Hugo, la Rusia de Tolstoi, la Colombia de Gabriel
García Márquez, el Perú de Mario Vargas Llosa y la Francia del Jean Paul
Sartre; siempre quise aprender francés.
Hasta esa
fecha me pareció que fui una niñito bien, de cabello alborotado y negro.
Posterior a ello algo fue que cambió, porque nada fue igual. Fue la época de
dejar todo lo que tenía planeado y supe que no podía hacer lo que tenía
pensado, sino lo que debía hacer pese a que sabía (y aún sé) que no era (que no
es) fácil.
Fue maravilloso
porque conocí los libros; peor, porque me encontré con la soledad, pero más
peor aún, porque me habría gustado conocer la lectura desde muy pequeño.
Fueron esos
días que empecé a caminar con mi libro en la calle. Solía ir a leer al muelle
que siempre consideré mi lugar mágico. En ese momento mi vida se convirtió en
solitaria. Todo cuanto hice antes, de repente se volvió pasado y todo lo que
hacía a partir de ese momento se convirtió en futuro.
Miré
el futuro con desesperación, con angustia, con soledad, hice mal, lo sé. Y no
estaba equivocado. No cambió nada. No es como siempre la imaginé.
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