domingo, 25 de abril de 2021

PERDÓN:


10 de octubre de 2020.


Hoy sería tu vigésimo séptimo cumpleaños, me llevarías a tu cuarto y en vez de darte un abrazo me lo darías tú, como siempre, de fondo se escucharía esa vieja canción de The Beatles, Norwegian Wood, una de tus preferidas, y me dirías: 'gracias por estar, nunca te lo pedí, pero siempre estás aquí. Abrázame, por favor. Prométeme que nunca me dejarás. ¿Me recordarás siempre?' Y te respondería con algo trillado porque nunca sé qué decir: 'siempre estaré, lo prometo'. Y con una sonrisita, provocadora, fría y tierna me dirías: 'yo también estaré para ti, lo prometo cariño'. Pero ahora no estás. ¿Dónde está tu promesa? ¿Por qué no la cumples? ¿Por qué no mueren las personas malas? Sólo me has dejado un vacío que hasta ahora no puedo llenar, tal vez ese es mi error, intentar llenar tu vacío con otras personas.



Perdóname por no haber podido hacer nada y haberte dejado morir sin haber buscado un mejor doctor, un mejor hospital, aunque tal vez fue lo mejor, las secuelas en tu cuerpo habrían sido más insoportables para ti. Perdóname por no haber movido cielo y tierra para que mejores. Perdóname por todavía no ser quien quiero ser. Perdóname por no haber podido olvidarte. Perdóname por tanto miedo. Perdón. Ahora es cuando más me haces falta.


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Será la segunda vez que no iré a su tumba porque ahora estoy en Arequipa, a esa lápida que está en el cementerio Laykakota, a la altura del mercado del mismo nombre, a la que acudo cuando ya no puedo más con mi vida y me echo a llorar como un niño, y el guarda me dice 'qué pasó joven' y yo 'nada, todo está bien', cuando sé muy bien que nada está bien, hasta parece romántico, y ahora que escribo esto acabo de recordar esa frase, de aquel libro, que también está escrita en su lápida, tan para ella, tan para mí, me, you, us:


A la memoria de Sandra Raquel:


S.R.F.V.

1993 - 2009


"No te compadezcas de ti mismo.

Eso solo lo hacen los mediocres".


Q.E.P.D.


Y mira, durante este tiempo he estado haciendo lo que nunca debí hacer, eso, sentir lástima por mí mismo, sentir pena por mí mismo, compadecerme yo mismo, humillarme yo mismo, incluso al escribir esto también lo estoy haciendo. Pero yo no soy mediocre, 'no eres mediocre cariño, nunca lo olvides', sólo que a veces no puedo soportar todo lo que me pasa, porque en verdad me duele.


Adiós, cariño.


jueves, 22 de abril de 2021

martes, 20 de abril de 2021

MOMENTOS:


15 de agosto de 2019


Llego a mi trabajo, a los que están dentro de esa oficina de doce metros cuadrados, les doy un saludo de mano, sean hombres o mujeres, si por mi fuera no saludo a nadie, pero hay un 'acuerdo' entre las personas, el de guardar ciertos protocolos y cortesías, esas cosas que son absurdas, pero que a mi no se me da bien fingir, ser hipócrita, guardar las apariencias, pero tengo que hacerlo, no hay de otra, que uno no lo haga ya es criticado por otros, somos así y debemos aceptarlo como tal, pero nos 'obligan' a guardar las formas; luego me dirijo a la computadora que me facilitaron para redactar mis notas, coloco mi mochila sobre la mesa y me siento, saco los audífonos de 15 soles y me los pongo a las orejas, en mi celular busco mi playlist favorita, Coldplay, Linkin Park, Hannah Montana, sí, yo también la escucho, aunque esta vez me dispongo a escuchar una romántica o más bien una 'corta venas', doy un 'touch' en la opción repetir. Siento nostalgia. Suspiro. Quiero beber, tengo sed. Nadie sabe cómo me siento, estoy devastado y con ganas de rendirme, pero tengo que olvidar un rato todos mis temas personales y disimular, sonreír y hacer creer que todo va bien. Insertarme en ese entorno en el que estoy ahora, disimular. Se me da bien, nadie nota mi melancolía por dentro, mis frustraciones, mis errores, no soy transparente, y por supuesto, nadie me conoce aquí, prefiero que sea así, al menos por un buen tiempo. Ya pasará. ¿Cómo encontrar a alguien con quien ser yo mismo?, me pregunto. Como dijo Antón Chéjov, no sé por qué ahora lo recuerdo, si cuelgas una pistola en la pared, tiene que ser disparada, sino, no tiene sentido que esté allí. No hay armas aquí.


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En el jirón Cajamarca, a la altura de la segunda cuadra, llegando a la avenida Arequipa, en un edificio de 5 plantas que mira hacia el sur, en el segundo piso, está la oficina donde trabajo. La primera vez que estuve parado allí afuera pensé, mirando a aquel lugar, ¿aquí vendré cada día? ¿qué es lo que realmente quiero? ¿estás bien? no, pero espero que valga la pena. En la calle hay una puerta de un metro veinte de ancho que todos los que viven allí utilizan como puerta de calle y todos tienen llave.


Los que trabajamos en la oficina, si la puerta está cerrada, debemos tocar el timbre que está al lado derecho, y luego ya te abren la puerta los compañeros de trabajo. Si la puerta está abierta, puedes ingresar y subir por las escaleras que comienzan apenas das el primer paso, hay como 14 o 16 escalones hasta llegar al segundo piso, son cortos, con cobertura en cerámica, y hay que pisar bien para no tropezar. Subes. Apenas giras a la derecha, hay una puerta de madera que está bloqueada por una reja, la abres y entras sin ningún problema. Es un pasadizo amplio y cómodo para transitar. Lo primero que ves es un banner de 80 centímetros y uno ochenta de altura, color rojo y el nombre de la empresa. Al fondo, hay una puerta de madera.


Esa puerta, al frente, es la oficina de la administradora, y también está el que corrige la redacción del diario, parecen ser personas eficientes, en realidad es un trabajo suave, darle un estilo propio a cada nota es como hacer el amor con una chica fácil, no te cuesta trabajo porque todo ya está listo y preparado, solo necesitas empujar. Es un chico alto, no tan parecido, con ideas impresionantes y mujeriego, lo que le gustan a ciertas mujeres, a esas chicas fáciles, o bueno, algunas mujeres también buscan eso; tiene un aire de grandeza; tiene su hija pequeña de seis/siete años y su esposa es bien hermosa y seria, aunque amigable, y quizás no se merece que le hagan eso, o mas bien, no se merece el hombre que tiene, yo aquí juzgando desde fuera, vaya, en fin. En cuanto a la administradora del medio, la que también ocupa ese espacio, se puede decir que ser jefe es lo mismo que no hacer nada. Ordenar, criticar, hablar, eso lo hace cualquiera. Tiene buenas intenciones e ideas, pero carece de compromiso, hasta cierto punto es mezquina, no valora el esfuerzo de la gente y quiere que las cosas salgan bien sin hacer nada.


Caminas sobre el pasadizo. La primera puerta a la derecha es la que ocupa la secretaria, y también la tesorera o la que lleva la contabilidad de la empresa. Un trabajo en uno solo. La que atiende es una señorita alta, bien parecida, caderona y muy amable, sus pechos son grandes e iguales, lleva vaqueros ajustados y botas altas, a veces zapatillas, tiene la voz un tanto grave aunque sin exagerar, tal vez sea más profunda y fluida. Cuando la ves siempre sonríe. Se llama L. Es una profesional eficiente y atractiva. Una vez fuimos a beber, tomar unas copitas. Tengo sed, mi cuerpo necesita alcohol. Le conté sobre lo que me pasó hace mucho y me dijo que mi gran problema era que siempre me enamoraba. Tal vez sea así, yo soy muy enamoradizo. Me quedé pensando un buen sobre lo que me dijo. Me ayudaba en algunas cosas, y como agradecimiento a ella le invitaba o compraba algo. Una vez le llevé flores. Una vez me hizo comprar dos rollos, son una especie de pan enrollado con maní y azúcar, y encima de ellos azúcar flor, y creo que invitó a todos los compañeros. La verdad que me cae bastante bien.


Un paso de frente, hay otra puerta, también a la mano derecha, junto al lado de secretaría. En esa oficina trabajo yo. Un espacio de doce metros cuadrados, pequeño, pero con una distribución eficiente, no podría haberse hecho mejor. Hay ocho computadoras y todas son antiguas, lentas, con Windows 7, a excepción de dos. La puerta está mirando hacia el norte, y se abre hacia la pared, a la mano izquierda, justo a la entrada, hay una computadora y la ocupa un compañero demasiado responsable y cumplidor, y las demás máquinas se ubican también con el monitor de espaldas a la pared, tres al lado este, tres al lado sur, con vista a la calle para los que la utilizan ya que hay una ventana enorme, y una al lado oeste, allí me siento yo. Suspiro.


No tengo paz en la cabeza ni en el alma ni en ningún lugar, pero intento hacer el trabajo lo mejor que puedo. Tengo sed, mi cuerpo necesita alcohol. Cada vez que me siento allí, mirando la computadora, intento concentrarme en ese lugar, en ese espacio, pero no puedo. Escribo de manera artificial, sin ser consciente de lo que redacto, a veces fluyen bastante cantidad de palabras y otras no hay nada, por defecto, solo hay una página en blanco del word 2013, letras en calibri, tamaño 11. ¿Qué hacer? Empiezo a escribir. 


Todo esto que escribo sale desde que llegué a la oficina. Como no sé cómo empezar, solo escribo lo que viene a mi mente. En cada transición, cada que termina la misma canción que escucho por los audífonos, en esos tres o cuatro segundos, se oye el teclear de mis compañeros, tac, tac, tac. Volteo y los miro, todos concentrados en lo que hacen, viendo sus pantallas, escuchando sus entrevistas, buscando información en las redes sociales, algunos en YouTube viendo vídeos o escuchando música, otros conversando por WhatsApp o Messenger, la mensajería de Facebook. Todos hacen algo y yo me dedico por un momento a mí, lo necesito para poder avanzar. Suspiro. Vuelvo a mirar mi pantalla y continúo escribiendo.


Alguna vez Virginia Woolf dijo que uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Hoy no comí nada, no me gusta comer solo, ¿a quién? Sé tú mismo, no tienes que brillar, pues hay que serlo de vez en cuando. Creo que estoy al borde del suicidio, por eso la recuerdo ahora, Virginia Woolf. Escribiría una carta a alguien especial, igual que lo hizo ella, siento que voy a enloquecer de nuevo... Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme... Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente... Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti... Y yo no tengo a nadie, eso me pone triste, al menos Virginia tuvo a alguien en su vida, ¿por qué metiste piedras en tus bolsillos y entraste al río? Cuánto valor tienen algunas personas. Una de las maestras del flujo de conciencia.


Llevo más de un mes aquí y parece que nada va bien. Quiero renunciar, pero necesito tener la mente ocupada. Es una cuestión de salud mental. Quiero beber, mi cuerpo necesita alcohol. Es una cuestión de salud mental. Si pudiera me iría a casa y trabajaría desde allí, no tengo ganas, estoy destrozado, estoy emocionalmente inestable. De seguro, otra vez terminaré a las diez de la noche, con los ojos cansados y con sueño, y con bastante hambre. Solo por la noche aprovecho para leer hasta bien de madrugada. Últimamente solo he dormido tres horas, desde las tres hasta las seis. Bueno, ahora empezaré a trabajar. Mañana tendré día libre. Algo haré.


Adiós.


martes, 13 de abril de 2021

"1Q84":


(Escrito en mayo de 2020).


Lo leí el año 2013, con los audífonos y el libro en la mano, lo llevaba como si fuera algo sagrado, incluso hasta en el baño. Murakami es para mí uno de esos escritores con los que más me identifico, sobre todo porque en sus novelas habla de temas que más me gustan, como la amistad, la melancolía, el sexo, la soledad, el dolor, el amor, la juventud, la violencia, entre otros, y temas para los que uno debe tener una mente abierta, sin juzgar en lo más mínimo lo que se muestra. Además agrega a su contenido sus lecturas, sus pasatiempos, sus hobbies; y se ubica dentro del género surrealista y realismo mágico, aprendido de Gabriel García Márquez y todos esos grandes escritores.



En la semana que me tomó leer las más de mil páginas de este libro, amé mucho a Aomame, como si realmente existiera, deseando que ella apareciese en mi vida y la sigo esperando. Y es que ella, pese a tener dominio propio, es un ser frágil en un entorno machista, pero con una personalidad única. No eres el mismo luego de haber leído la novela, no lo eres, algo cambia en ti, lo sientes, te mata, ya nada parece lo mismo.


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"1Q84" del eterno "nominado" al premio Nobel, Haruki Murakami, fue publicada entre los años 2009 y 2010, la misma que está dividida en tres partes, las dos primeras en un solo tomo y la tercera, por separado. Y esa división no es por un tema de marketing o para ganar más dinero, sino que es necesaria para el desarrollo de la trama y también porque es más cómodo tener en las manos un libro pequeño a uno de más de mil páginas. La historia comienza en un atasco vehicular, aunque muy diferente, te hace recordar el inicio de la novela/ensayo de José Saramago. En un auto, y teniendo como fondo musical a la Sinfonietta de Janacêk y es casi imposible leerla sin escucharla, ya que pareciera que los personajes se mueven al son de ese ritmo. Siempre la leí, sobre todo los capítulos de Aomame, escuchando aquella hermosa ópera, que se convirtió en mi favorita, y es quizás la favorita de todos los que la leyeron.


El libro es básico y rudimentario, lineal, pero despliega una soberbia imaginación, tan real/surreal, que se muestra ante nuestros ojos, y la creemos, nos convence. Sin ser una historia de amor, cuenta la historia de amor desde los dos puntos de vista de los personajes principales: Aomame y Tengo; que parecieran unidos por ese "hilo rojo del destino" que aparece en la cultura japonesa. Esa unión no es para nada artificial, se muestra real a nuestros ojos.



La novela tiene su lejana inspiración en el "1984" de George Orwell, aunque solo en algunos rasgos, como la aparición del Gran Hermano, pero no tienen nada que ver, ni en asomo. Es que la historia sucede en el año 1984, pero sin darse cuenta los personajes cruzan hacia un mundo alterno, el 1q84 (q en japonés se pronuncia como el 9), título de la novela. Ese mundo tiene sus propias características que la hacen única, como las dos lunas que flotan en el firmamento.


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El libro se resume en la "búsqueda" entre Aomame, una mujer independiente, liberal, instructora en un gimnasio y... asesina; y Tengo, un profesor de matemáticas y aspirante a escritor. Ambos tienen un pasado en común, ambos se alejaron de sus casas cuando eran pequeños, ambos tienen treinta años, ambos llevan vidas solitarias y sienten que "algo" sucede en el mundo en el que viven; ellos se buscan, se anhelan, se necesitan, se desean, pero no saben cómo encontrarse. Están cerca el uno al otro, pero bien lejos a la vez. Y esto no es un cliché ni nada parecido.



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Masami Aomame es quizás el personaje mejor logrado de la novela. Y está a la altura de grandes mujeres de la literatura, como Emma, Anna, Tristana, Catherine, Eugénie, Thérèse, Temple, Verena, Dolores, Addie, Olive, Jane, Clarissa, Sherezade, Briony, Elizabeth, Elinor, Marianne y muchas de quienes olvido sus nombres. Tiene una belleza única, además se parece a la Lisbeth Salander de la saga Millennium de Stieg Larsson, aunque guardando distancias ya que Aomame es mucho mejor. Tiene tendencias lésbicas, inclinada hacia la bisexualidad, pero no lo es, es frágil pese a tener un carácter fuerte. Alta, piernas fuertes, pelo corto hasta los hombros sin ningún complemento, labios cerrados, naricita fina, y con una expresión dura, sobre todo cuando frunce el ceño.



Frente a esas características, Aomame es una asesina de hombres maltratadores de mujeres, haciendo una especie de justicia con sus propias manos que el sistema no aplica, y lo hace con una habilidad única sin dejar rastros, como si el muerto hubiera padecido de manera natural; esto lo hace por encargo de una vieja a la que trata sus problemas físicos de la edad, y por la que recibe un salario; además, en Aomame se nota un aire de venganza, porque a las amigas que tuvo, las mataron esos hombres abusadores, y ella no supo cómo ayudarlas y siente desazón.


Pese a ese repudio Aomame tiene sexo sin amor con hombres, de preferencia calvos, pero solo lo hace como una vía de escape, como una fuente de liberación a lo que realiza, pero luego se siente vacía porque no tiene a nadie más que solo ella. Está sola, es frágil, pero esa fragilidad, como bien dice el libro, no se manifiesta al exterior como tal.



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Por otro lado, está la historia de Tengo Kawana. Le mandan a corregir la novela "La crisálida de aire", para que gane un concurso literario, escrito que fue enviado a ese concurso por una adolescente disléxica, Eriko Fukada, Fukaeri. Ella también es única, singular, hermosa, tiene un pasado inquietante y misterioso que a lo largo de la novela conocemos. Ella funciona como un enlace entre Aomame y Tengo.



Sin querer, Tengo le da a esa novela un toque más literario por lo que gana dicho concurso y se hace muy conocida, convirtiéndose en un best seller. A partir de allí todo se vuelve patas arriba, y las escenas son cada vez más intensas, sutiles, inexplicables, sin sentido, por lo que no quieres dejar de leerla. Inevitablemente quedas atrapado.


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Tal vez la crítica al libro sería que esta no concluye como uno quisiera, como si fuese artificial, como si Murakami no sabría qué hacer con la historia, y ese final sucede rápido. Dejando un final abierto, sintiéndonos nosotros mismos vacíos, queriendo más. Pero pese a esto la novela tiene un lugar en mi corazón, aunque me haya dejado con ganas de más, con una sensación que no desaparece con los años, la tengo dentro como si me hubieran roto/llenado algo que no sé bien qué es.


viernes, 9 de abril de 2021

"SANCTUARY":


(Escrito en agosto de 2020).



Lo compré en un viaje que realicé a Lima con unos compañeros de colegio, el motivo era el famoso viaje de cuarto año, como una previa del tan esperado viaje de promoción. Fue con este libro, con "Un cuarto propio" y "La señora Dalloway" que regresé a Arequipa. Allí se me ocurrió anotar el año y el mes en una hoja en la esquina inferior derecha de cada uno de mis libros. Esos datos no son del año en que lo compré o cuando lo leí; más bien tiene que ver con un momento importante de mi vida y está escrito al azar, ya sea de un pasado o un futuro, de un plan, de un objetivo, o simplemente ese libro me trae a la memoria alguna fecha en especial. Mis libros tienen memoria, por eso son especiales para mí.



Leí "Santuario" a los 17 años, la edad de Temple Drake, como tres veces porque no logré entenderla, y fue así que me enamoré más de todos los escritores de la generación perdida y a los que devoré como un niño disfruta de su helado. Con la historia de la bella Temple comprendí que en el fondo todos actuamos impulsados por nuestros instintos, aun sabiendo que lo que hacemos podría provocar un daño irreparable, tanto para quien lo hizo como para quien no. Aunque a decir verdad, el libro no tiene nada de moralista.



Cabría preguntarse: ¿Está bien que una muchachita que actúa con irresponsabilidad, sin ser consciente de sus actos o siéndola, sea ultrajada por unos seres que por el hecho de ser hombres aprovechen su fuerza? ¿Está bien que por el simple hecho de "provocar" a esos animales, estos se sientan con el derecho de cometer tal salvajismo contra una joven que no debió estar allí?



Violenta, dura e implacable, "Santuario" de William Faulkner fue publicado en 1931 y según el mismo escritor, solo la concibió para ganar dinero y a la que siempre calificó de "barata" y "enclenque". La primera versión fue rechazada porque el editor, pensó que entrarían a la cárcel si es que la publicarían. Además se cuenta, que la versión final, la que se corrigió y publicó, mantiene la esencia de la primera, sin ser tan explícita.



La novela profundiza, en un tono trágico, pesimista y desesperanzado, no exento de humor, en los aspectos más sombríos del alma humana, haciéndonos preguntar si esa realidad es igual a la nuestra, y desde luego, pareciera que es así.



El libro se resume magníficamente en el prólogo de Mario Vargas Llosa del año 1987: "En dos palabras, la siniestra aventura de Temple Drake, muchacha de diecisiete años, bonita, casquivana y niña bien, hija de un Juez, a la que un gángster impotente y psicópata —que es también asesino— desflora con una mazorca de maíz y recluye luego en un burdel de Memphis, donde la hace hacer el amor bajo sus ojos con un rufiancillo que él mismo se encarga de traerle y al que finalmente mata. Trenzada a esta historia, se desenvuelve otra, algo menos atroz: Lee Goodwin, asesino, fabricante y contrabandista de alcohol, es injustamente juzgado por la muerte de un débil mental, Tommy (víctima de Popeye), condenado y quemado vivo pese a los esfuerzos por salvarlo de Horace Benbow, un abogado bien intencionado pero incapaz de hacer triunfar el bien".



La hermosura de esta novela radica sobre todo en la forma en que está escrita, con una prosa densa, y en cada párrafo hay saltos de puntos de vista que si no andamos con cuidado, es posible que nos perdamos y odiemos la buena literatura solo porque no la entendemos.



El narrador nunca nos dice todo o nos despista para luego revelarnos algo a través del propio diálogo de los personajes, quienes como Ruby intentan ayudar a Temple, pero esa intención no se plasma como tal, se desvanece, se va, desaparece. La desfloración de Temple es inevitable y está implícita dentro del gran capítulo decimotercero, está allí, se siente, se lo ve venir, y nosotros como lectores quedamos anonadados y perplejos por tanta crueldad.



Popeye, Van, Tommy y Lee se sienten excitados y llenos de animalidad al ver la presencia de Temple, quien pese a sentir miedo, y sin ser consciente, provoca a esos seres que actúan por el dominio de sus más bajas pasiones. Y, aunque no es bueno juzgar, pareciera que Temple se lo merecía, por tanta irresponsabilidad que hay en ella.





miércoles, 27 de enero de 2021

EXTRACTO NÚMERO DIECISIETE:

 

-La literatura te salva. -Dijo ella-. No me digas que no. Todo lo que hay atrás duele, quema, arde, ese pasado no se puede olvidar, pero la literatura te salva, no hay nada como un libro y olvidarte de tu realidad.


-No sé qué decirte. Lo siento. -También él sentía rabia-. Si hubiera podido hacer algo lo habría hecho sin dudarlo, pero no podemos, no puedo, no hay manera de remediarlo.


-Lo sé. Gracias. -Su voz era suave, con mucha ternura-. Ya pasó, para qué recordarlo si solo trae dolor.


Cuando hablaba parecía como si cantara. Tenía subidas y bajadas. Respetaba los signos de interrogación, admiración, la coma, el punto. Cuidaba bien los silencios. La lectura moldea tus expresiones, tu vida, todo.


Eso todo el mundo lo sabe, al menos quien disfrute leer, aunque el hacerlo es también encontrarse con un enemigo mortal, tu mente y tu soledad. Cada quien se hace daño a su manera, nos guste o no, conscientes o no.


Cuando la dopamina hace efecto en el ser humano todo parece ser posible. Caminas y eres capaz de conquistar el mundo. Tus sueños parecen ser posibles.


Todavía no ha olvidado aquel hermoso poema que le dijo cuando tenían un mes de haber salido, ahora de eso hace 4 meses. No le gustaba su estilo de amor romántico, es más, lo detestaba, pero lo quería mucho, más que como pareja, como amigo, como confidente, como todo. Se parecían, pero eran muy diferentes, independientes, solitarios. Las imperfecciones son las que te hacen perfecto. Es buena, cierta asimetría.


Los dos cursis, los dos en el cielo, los dos mirándose cada vez y olvidando el mundo que los rodea, todo magia y felicidad. Besándose, haciendo el amor a escondidas, hablando desnudos en la cama como viejos amantes, sin experiencia, aprendiendo juntos, y enseñándose lo poco que sabían, gimiendo, disfrutando de placer, pero siempre usando preservativo. "No hay jaleo sin preservativo", solían decirse el uno al otro.


Tirados en cama, siempre hablando de literatura. Besándose, mientras ella le colocaba el látex con sus labios, teniendo cuidado de no perforarlo con sus dientes. Y con esos mismos labios color rosa, recorría su pene, erecto y firme, mientras él permanecía boca arriba en la cama. Lamía su miembro con suma lentitud, disfrutando cada trozo. Sentía placer al tener control de ese momento, se sentía poderosa, una reina. Cuando se encontraba lista, subía lentamente en ese cuerpo que esperaba ansioso como cuando uno sube a una bicicleta. 'La quiero adentro', susurraba ella. Cogía el miembro con fuerza hasta donde sabía que no lo hacía daño y lo llevaba hasta ese lugar, donde se unía como un puzle, rompecabezas. Primero lento para no forzar las piezas y luego movimientos aceleratorios y ondulantes. Terminaban juntos tras media hora de gemidos que no se oían hasta afuera de la habitación. Veían el sexo como una fuente de liberación, antiestrés, antidepresivo. El amor. Piensas.


La calle, el muelle, el mirador, la ciudad, todo es lo mismo, menos tú. El mundo gira incontenible, el tiempo siempre cruel y despiadado. ¿Nunca te ha pasado que pensaste que en algún momento sientes que repites todo lo que has vivido cuando eras pequeño o todavía un ser inocente, sin cuestionar nada a tu alrededor? Preguntas van y vienen, como el sexo.


No elegimos nacer, no nos preguntaron si queríamos hacerlo, no elegimos la fecha, ni la hora ni el momento, ni el lugar. Nada. No depende de nosotros. Se da por una fuerza incomprensible, inevitable, y no nos queda más que aceptarlo, nos guste o no. Quizás.


Pudiste haber tenido un mejor padre, millonario, bien parecido, no ese que siempre no hace nada, sin espíritu, sin sueños. Tu madre también pudo haber sido de esa otra forma, pero está bien, ella está bien. Pero no los elegimos. Simplemente se da, qué duda cabe. O ¿no? Piensas.


En cada milílitro de semen la cantidad normal de espermatozoides varía de unos 12 a un poco más de 250 millones. Cuando una mujer y un hombre tienen relaciones sexuales, y este eyacula dentro, los espermatozoides pueden vivir unas 72 horas en la vagina. Esos millones de células luchan por encontrar un óvulo para formar vida. Solo uno es quien consigue el objetivo.


Fuiste afortunada de haber nacido porque de todos ellos ellas tú lo conseguiste, pero no lo elegiste, simplemente se dio. Tu padre y tu madre se pasaron 3, 10, 15, 30 o 60 minutos retozando sin cesar, dándose placer mutuo, recorriendo cada centímetro cuadrado de sus cuerpos, lamiéndose. En un cama, en un carro, en el cine, en la playa, en el bosque, en donde sea que haya ocurrido tal encuentro. A la luz de la luna o en pleno mediodía. Simplemente sucedió. Quizás.


¿Ahora crees que pudiste elegir? ¿Realmente crees que pudiste? Ni siquiera elegiste tu nombre. Lo llevas porque a otros les gustaba, pero a ti no. Nunca te pidieron una opinión. Las niñas deberían elegir su nombre cuando sean capaces de hacerlo. 'Pero me gusta, es bonito mi nombre; según me dijo mi madre, mi nombre es la combinación de otros dos'.


-Nunca te lo dije, ¿verdad? Hace un tiempo leí una bonita novela. En ella hay un personaje que se parece mucho a ti. -Lo dijo muy convencido.


-Y ¿cómo es? -sonrió.


-¿Qué? -Se mostró contrariado. -¿La historia?


-Obvio que no. -Siempre sonriente. Sus dientes eran blancos, brillantes, rectos y perfectos. -La chica.


-A ver, la descripción es parecida, incluso hasta cuando frunces el ceño. 'Cuando te enojas me das mucho miedo', pensó. -Le miró de frente y muy risueño-. Eres tan real que parece mentira que yo esté sentado aquí, junto a ti, sin saber qué más decirte. Soy muy afortunado de tenerte, de conocerte. Por qué no llegaste antes. Por qué.


Era verdad. Hace años, para qué decir cuántos, se enamoró de un personaje de ficción porque así como ella, era un ser libre, comprometida y lleno de interrogantes. Se cuestionaba así misma y el mundo que le rodeaba. Fría y calculadora. Romántica y solitaria. Alta y con ojos pardos y enormes. Cejas pequeñas y con forma de medialuna. Frente ancha cubierta con su flequillo que cruzaba de derecha a izquierda. Llevaba, a menudo, una vincha color azul y justo detrás, antes de llegar a la coronilla, un gancho tipo clip en el lado derecho.


Su rostro, pecoso y con lunares, era redondo. Su nariz, pequeña y recta. Sus labios eran como para olvidar que el mundo aún giraba, rosados, color mate, aunque los prefería de violeta, su color favorito junto con el azul añil.


Usaba maquillaje sin exagerar, de por sí su piel era lisa, suave. A veces usaba rímel, aunque sus gafas ovaladas no lo dejaban ver, y sus ojos eran enormes y circulares. La montura azul y gruesa le quedaba bien.


Su estilo inconfundible, ocasionalmente usaba pantalón vaquero ajustado, vestido o minifalda, junto a esto en días fríos usaba panties color negro, transparente y en días soleados mostrando su piel tersa y suave. Su cadera ancha. Pese al clima, su piel era blanca, fina.


Nadie sabía que en su pierna derecha, a la altura de su muslo en la parte interna, cuatro dedos por encima cuando usaba una minifalda, ella tenía un precioso lunar, pequeño, de dos milímetros de diámetro, redondo y pardo.


Dependiendo de la ropa que llevaba, en los pies se ponía zapatillas y a veces zapatos con bota alta. A veces, cuando usaba jean ajustado se ponía unas botas de color marrón, y en todo caso las negras que también le quedaban bien.


Encima, de la cintura para arriba, cuando usaba vestido, se ponía una correa que le formaba el cuerpo. Siempre usaba una chaqueta de jeans y solo abotonaba los dos primeros botones cercanos al cuello. En caso de usar pantalones jean prefería llevar una polera con capucha, entre sus colores favoritos estaban el negro, rosa, verde petróleo, azul añil y turquesa, rara vez vestía con el plomo y el rojo.


Cuando llevaba minifalda, usaba chompas abiertas tejidas y dentro una blusa no muy escotada, aunque el primer botón no lo introducía en su agujero. A decir verdad no tenía los pechos grandes, sino más bien medianos. El del lado izquierdo era un poco más grande que el otro, pero nadie lo sabía, tampoco nadie se daba cuenta. Una mujer conoce bien su cuerpo. Ansía libertad.


Y cuando se trata de libertad, había quien le ...