15 de agosto de 2019
Llego a mi trabajo, a los que están dentro de esa oficina de doce metros cuadrados, les doy un saludo de mano, sean hombres o mujeres, si por mi fuera no saludo a nadie, pero hay un 'acuerdo' entre las personas, el de guardar ciertos protocolos y cortesías, esas cosas que son absurdas, pero que a mi no se me da bien fingir, ser hipócrita, guardar las apariencias, pero tengo que hacerlo, no hay de otra, que uno no lo haga ya es criticado por otros, somos así y debemos aceptarlo como tal, pero nos 'obligan' a guardar las formas; luego me dirijo a la computadora que me facilitaron para redactar mis notas, coloco mi mochila sobre la mesa y me siento, saco los audífonos de 15 soles y me los pongo a las orejas, en mi celular busco mi playlist favorita, Coldplay, Linkin Park, Hannah Montana, sí, yo también la escucho, aunque esta vez me dispongo a escuchar una romántica o más bien una 'corta venas', doy un 'touch' en la opción repetir. Siento nostalgia. Suspiro. Quiero beber, tengo sed. Nadie sabe cómo me siento, estoy devastado y con ganas de rendirme, pero tengo que olvidar un rato todos mis temas personales y disimular, sonreír y hacer creer que todo va bien. Insertarme en ese entorno en el que estoy ahora, disimular. Se me da bien, nadie nota mi melancolía por dentro, mis frustraciones, mis errores, no soy transparente, y por supuesto, nadie me conoce aquí, prefiero que sea así, al menos por un buen tiempo. Ya pasará. ¿Cómo encontrar a alguien con quien ser yo mismo?, me pregunto. Como dijo Antón Chéjov, no sé por qué ahora lo recuerdo, si cuelgas una pistola en la pared, tiene que ser disparada, sino, no tiene sentido que esté allí. No hay armas aquí.
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En el jirón Cajamarca, a la altura de la segunda cuadra, llegando a la avenida Arequipa, en un edificio de 5 plantas que mira hacia el sur, en el segundo piso, está la oficina donde trabajo. La primera vez que estuve parado allí afuera pensé, mirando a aquel lugar, ¿aquí vendré cada día? ¿qué es lo que realmente quiero? ¿estás bien? no, pero espero que valga la pena. En la calle hay una puerta de un metro veinte de ancho que todos los que viven allí utilizan como puerta de calle y todos tienen llave.
Los que trabajamos en la oficina, si la puerta está cerrada, debemos tocar el timbre que está al lado derecho, y luego ya te abren la puerta los compañeros de trabajo. Si la puerta está abierta, puedes ingresar y subir por las escaleras que comienzan apenas das el primer paso, hay como 14 o 16 escalones hasta llegar al segundo piso, son cortos, con cobertura en cerámica, y hay que pisar bien para no tropezar. Subes. Apenas giras a la derecha, hay una puerta de madera que está bloqueada por una reja, la abres y entras sin ningún problema. Es un pasadizo amplio y cómodo para transitar. Lo primero que ves es un banner de 80 centímetros y uno ochenta de altura, color rojo y el nombre de la empresa. Al fondo, hay una puerta de madera.
Esa puerta, al frente, es la oficina de la administradora, y también está el que corrige la redacción del diario, parecen ser personas eficientes, en realidad es un trabajo suave, darle un estilo propio a cada nota es como hacer el amor con una chica fácil, no te cuesta trabajo porque todo ya está listo y preparado, solo necesitas empujar. Es un chico alto, no tan parecido, con ideas impresionantes y mujeriego, lo que le gustan a ciertas mujeres, a esas chicas fáciles, o bueno, algunas mujeres también buscan eso; tiene un aire de grandeza; tiene su hija pequeña de seis/siete años y su esposa es bien hermosa y seria, aunque amigable, y quizás no se merece que le hagan eso, o mas bien, no se merece el hombre que tiene, yo aquí juzgando desde fuera, vaya, en fin. En cuanto a la administradora del medio, la que también ocupa ese espacio, se puede decir que ser jefe es lo mismo que no hacer nada. Ordenar, criticar, hablar, eso lo hace cualquiera. Tiene buenas intenciones e ideas, pero carece de compromiso, hasta cierto punto es mezquina, no valora el esfuerzo de la gente y quiere que las cosas salgan bien sin hacer nada.
Caminas sobre el pasadizo. La primera puerta a la derecha es la que ocupa la secretaria, y también la tesorera o la que lleva la contabilidad de la empresa. Un trabajo en uno solo. La que atiende es una señorita alta, bien parecida, caderona y muy amable, sus pechos son grandes e iguales, lleva vaqueros ajustados y botas altas, a veces zapatillas, tiene la voz un tanto grave aunque sin exagerar, tal vez sea más profunda y fluida. Cuando la ves siempre sonríe. Se llama L. Es una profesional eficiente y atractiva. Una vez fuimos a beber, tomar unas copitas. Tengo sed, mi cuerpo necesita alcohol. Le conté sobre lo que me pasó hace mucho y me dijo que mi gran problema era que siempre me enamoraba. Tal vez sea así, yo soy muy enamoradizo. Me quedé pensando un buen sobre lo que me dijo. Me ayudaba en algunas cosas, y como agradecimiento a ella le invitaba o compraba algo. Una vez le llevé flores. Una vez me hizo comprar dos rollos, son una especie de pan enrollado con maní y azúcar, y encima de ellos azúcar flor, y creo que invitó a todos los compañeros. La verdad que me cae bastante bien.
Un paso de frente, hay otra puerta, también a la mano derecha, junto al lado de secretaría. En esa oficina trabajo yo. Un espacio de doce metros cuadrados, pequeño, pero con una distribución eficiente, no podría haberse hecho mejor. Hay ocho computadoras y todas son antiguas, lentas, con Windows 7, a excepción de dos. La puerta está mirando hacia el norte, y se abre hacia la pared, a la mano izquierda, justo a la entrada, hay una computadora y la ocupa un compañero demasiado responsable y cumplidor, y las demás máquinas se ubican también con el monitor de espaldas a la pared, tres al lado este, tres al lado sur, con vista a la calle para los que la utilizan ya que hay una ventana enorme, y una al lado oeste, allí me siento yo. Suspiro.
No tengo paz en la cabeza ni en el alma ni en ningún lugar, pero intento hacer el trabajo lo mejor que puedo. Tengo sed, mi cuerpo necesita alcohol. Cada vez que me siento allí, mirando la computadora, intento concentrarme en ese lugar, en ese espacio, pero no puedo. Escribo de manera artificial, sin ser consciente de lo que redacto, a veces fluyen bastante cantidad de palabras y otras no hay nada, por defecto, solo hay una página en blanco del word 2013, letras en calibri, tamaño 11. ¿Qué hacer? Empiezo a escribir.
Todo esto que escribo sale desde que llegué a la oficina. Como no sé cómo empezar, solo escribo lo que viene a mi mente. En cada transición, cada que termina la misma canción que escucho por los audífonos, en esos tres o cuatro segundos, se oye el teclear de mis compañeros, tac, tac, tac. Volteo y los miro, todos concentrados en lo que hacen, viendo sus pantallas, escuchando sus entrevistas, buscando información en las redes sociales, algunos en YouTube viendo vídeos o escuchando música, otros conversando por WhatsApp o Messenger, la mensajería de Facebook. Todos hacen algo y yo me dedico por un momento a mí, lo necesito para poder avanzar. Suspiro. Vuelvo a mirar mi pantalla y continúo escribiendo.
Alguna vez Virginia Woolf dijo que uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Hoy no comí nada, no me gusta comer solo, ¿a quién? Sé tú mismo, no tienes que brillar, pues hay que serlo de vez en cuando. Creo que estoy al borde del suicidio, por eso la recuerdo ahora, Virginia Woolf. Escribiría una carta a alguien especial, igual que lo hizo ella, siento que voy a enloquecer de nuevo... Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme... Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente... Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti... Y yo no tengo a nadie, eso me pone triste, al menos Virginia tuvo a alguien en su vida, ¿por qué metiste piedras en tus bolsillos y entraste al río? Cuánto valor tienen algunas personas. Una de las maestras del flujo de conciencia.
Llevo más de un mes aquí y parece que nada va bien. Quiero renunciar, pero necesito tener la mente ocupada. Es una cuestión de salud mental. Quiero beber, mi cuerpo necesita alcohol. Es una cuestión de salud mental. Si pudiera me iría a casa y trabajaría desde allí, no tengo ganas, estoy destrozado, estoy emocionalmente inestable. De seguro, otra vez terminaré a las diez de la noche, con los ojos cansados y con sueño, y con bastante hambre. Solo por la noche aprovecho para leer hasta bien de madrugada. Últimamente solo he dormido tres horas, desde las tres hasta las seis. Bueno, ahora empezaré a trabajar. Mañana tendré día libre. Algo haré.
Adiós.

















