—Eres fuerte, no lo olvides.
Yo solo sonrío. Ella lo dice mirándome a los ojos. Estamos sentados sobre la pileta que está en el centro del Parque de las Aguas del campus universitario. Nuestra mirada va en dirección al bosque que está al fondo, detrás de las Facultades de Estadística, Ciencias Contables y la Oficina de Tecnologías de la Información (OTI). Son las tres y media de la tarde del viernes 7 de octubre. Sartre siempre tenía razón. El sol, a media altura en occidente, todavía ejerce toda su magnificencia a una ciudad que soporta sus rayos ultravioletas, toda la furia de los santos cielos. Por si fuera poco todo esto, el viento del mes morado, esa brisa infernal y helada que quema la piel se hace incesante a esta hora. Joder, la vida es cada vez más dura. Puno. Quizás.
La miro a los ojos, en ese laberinto pareciera surgir la vía Láctea, el puto espacio-tiempo. Tras esos cristales, un iris pardo se asoma, brilla por el reflejo del sol que se desprende de la esquina superior derecha de la luna izquierda de sus gafas. Esos ojos de niña no deberían mirarme o más bien yo no debería mirar esas hermosas billas cristalinas. Somos tan distantes el uno al otro, ella tan joven, linda y tierna, y yo tan amargado, feo y viejo. Opuestos a nivel físico, tan iguales a nivel espiritual. Gracias, no tengo nada más que decir.
—Gracias, lo sé —miró al bosque que está a lo alto de la montaña, detrás de los edificios— sé muy bien lo fuerte que soy, pero a veces no puedo. A esta edad me hubiera gustado haber hecho muchas más cosas de las que hice; siento un vacío enorme aquí porque todavía no logro todo lo que quiero. Eso me hace sentir miserable, de alguna manera.
—Otra vez el ataque de ansiedad, ¿verdad?
—No sé, creo que sí. Qué bien que me conoces.
—Eres fuerte —ella dirigió su mirada hacia él, intentó decir una palabra, pero no le salió nada de los labios—. Lo siento, pero no sé qué decirte ahora. Gracias a ti.
Apoyó su cabeza sobre su hombro. Era ancho y suave. Sintió sobre su mejilla la picazón de su barba. Era extraño, pero ya estaba acostumbrada a ello; irónicamente, le gustaba sentirlo así.
—¿Sabes lo que pasa? Estoy cansado de mí.
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