Para mí, con todo el amor del mundo...
Cuando tenía 16 años realicé una línea de
tiempo, marcando metas y objetivos a lo largo de un futuro incierto: mi vida.
Sí, mi vida que parecía ir por buen rumbo, pero por no poder canalizar mis
emociones pudo terminar mal. Tan pequeño y tan inocente.
A esa edad, mi sueño para el 2012 era llegar a
ser grande, que los niños conozcan mi nombre y sepan de mí. Soñando en grande,
como siempre. Viajar lejos, a ese lugar donde gracias a la imaginación crecí,
creyendo que los sueños podían materializarse. París. Escribir, pisar, sentir,
respirar el aire que alguna vez Jean Paul Sartre lo hizo. Vivir allí, junto a esos
escritores que me hicieron soñar.
¿Qué hice para lograrlo? Nada. Nada, porque la
depresión, el estrés y algunos trastornos psicológicos me golpearon de tal
manera que me era imposible moverme. Vivo, pero inmóvil, no le deseo a nadie
nada de lo que me pasó. La baja autoestima, el miedo al qué dirán, soportando
las humillaciones de algunas personas que consideraba familia y a los que decía
amigos. ¿Amigos?, solo cuando te necesitan. ¿Familia?, solo la tuya.
Nadie se dio cuenta. Mi madre, la persona que
mejor debía conocerme nunca lo supo y no se dio cuenta. Mis hermanas, lo
propio. Nadie. Eso es sentir la más soledad de todas las que existen. Pero
felizmente estaban los libros para hacerme soñar… y vivir.
Pensaban que yo no quería, que no me
interesaba. Nunca que por qué tanto cambio, que por qué mostrando una sonrisa
por fuera, siempre sonriente, y por dentro, cuando estaba a solas, los
fantasmas aparecían. Torturándome sobre mis fallos, errores. La angustia, la
ansiedad. Siendo una decepción para los que esperaban mucho de mí, incluso para
mí porque yo quería más de lo que tenía. Lo quería todo y todavía lo quiero.
Pero justo allí apareció el amor. Un poco antes
de ese año. Antes, el rechazo de algunas personas que se creían que por ser
lindas podían pisotearme, pero mi agradecimiento profundo a ellas porque me di
cuenta que haga lo que haga no debía importarme lo que los demás piensen, no
importa cómo me veía, sino cómo yo lo hacía y cómo lo vivía yo y cómo lo
entendía yo.
Creo en el amor, siempre lo haré, nunca me
decepcionaría por un motivo como ese. Sin embargo, luego de mucho llegó el amor
propio y justo antes del 2012 me ayudó a replantear mis metas, mis sueños, mi
vida.
Siempre he creído que no se trata de ir
cambiando sueños a cada rato, como si fuera la ropa que nos ponemos. Lo que se
trata era de aprender a sostenerlos a lo largo del tiempo porque tarde o
temprano se cumplen, al menos eso creo. Los míos, tal vez no ahora, pero estoy
en camino para hacerlo. Ahora la paciencia, y el no esperar mucho (nada) de las
personas, de los que te rodean, cambiaron mucho mi perspectiva de ver la vida.
Pero el sueño está en mí y eso es lo más hermoso, y todavía lo tengo, pese a
que nuevamente por cuatro años lo perdí y no me di cuenta. Pero...
Y aquí estoy, ocho años después de lo que debió
haber sido la meta cumplida. La meta. Y soy consciente que todavía no hay nada,
está más lejano de lo que pensé, pero está y eso vale mucho. Además el sueño no
ha cambiado, sigue intacto, siendo el mismo de esos años, solo que ahora es más
intenso.
Para mí, con todo el amor del mundo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario