—¿Quieres acostarte conmigo? —Repuso Jhos, no había nada de inocencia en esa pregunta. Al contrario, era provocadora, hasta cierto punto, inquietante.
—No, no lo haría —Respondió, inmediatamente, Levessy.
—¿Acaso no me deseas? —preguntó Jhos.
—No es eso.
—Entonces... ¿si me deseas? No te contengas —Jhos giró su cuerpo y se plantó de frente a Levessy. Se mordió el labio inferior. Su flequillo revoloteaba sobre su frente debido a la brisa del lago —Luego agregó: los hombres son raros. Siempre dicen que no les gustan las indirectas, pero cuando una es directa no saben qué hacer. Güey, no soy una chica fácil, solo quiero hacerlo y ya y qué mejor que contigo. ¿Qué dices?
—Claro que sí. Te deseo —repuso Lev. Se detuvo en seco frente a Jhos. Sus miradas se cruzaron en un universo sin fin, como si ambos estuvieran en una galaxia, solos, amándose. Ella lo miraba con curiosidad. Sus ojos, tras esos cristales, siempre resplandecientes, reflejaban el atardecer, su sonrisa perfecta, blanca, y su flequillo se sacudía sobre su frente. Sus labios eran color púrpura. "Es bellísima", pensó Levessy. "Qué afortunado de conocerla", se dijo para sí, en su fuero interno. Reinó el silencio unos segundos que parecieron interminables.
El cerquillo de Jhos revoloteaba constantemente a causa de la brisa que provenía del Lago Titicaca. El malecón estaba silencioso. Alrededor de la pareja, algunas personas iban al muelle o, en todo caso, regresaban en dirección a la universidad. Jhos y Levessy iban al faro, su lugar favorito de cuando se conocieron.
—¿Te masturbas? ¿Lo has hecho alguna vez? —la voz de Jhos sonó como profunda. Su mirada era penetrante.
—Si —respondió. Levessy no podía negarlo.
La primera vez que lo hizo tenía 13 años. A esa edad, en casa, había encontrado un VHS de una película para adultos. Una joven vestida de colegiala teniendo sexo con su profesor, un clásico, un tópico del cine porno desde tiempos inmemoriales. Lo había mirado sin pestañear, en el cuarto de sus padres. Por alguna razón, aquello que veía en la pantalla, no le pareció gran cosa, el hombre desnudo, parado, introduciendo su pene en la vagina de la joven cuya posición era en cuatro apoyando sus manos sobre la cama, pero se excitó lo suficiente como para estar tirado de espaldas sobre la cama, frotando con su mano su pene. Imaginando ese momento como si fuera real.
—¿Y alguna vez en este tiempo te has masturbado pensando en mí? —Jhos tenía una sonrisa pícara—. Respóndeme.
—No. Nunca lo he hecho pensando en ti.
—¿Acaso no te gusto? Ya, y luego dices que me deseas, no lo entiendo.
—Cuando me tocas, o bueno, cuando me abrazas, o cuando caminas delante mío, te imagino, o sea imagino un momento, ese momento, imagino que hacemos el amor. Pero trato de no pensarlo. Somos amigos, no creo que esté bien. Solo eso.
—¿Quieres acostarte conmigo? —dijo ella, mientras se acercaba, y de improviso selló un beso en el cuello de Levessy.
—Si —tampoco podía negarlo.
—Está bien. Yo también lo quiero —repuso ella.
—Pero... ¿y qué pasaría luego? No quiero que me odies, que te alejes y me digas algún día que te obligué a hacerlo porque es probable que me lo digas. Te quiero.
—Lo sé. Solo quiero que me hagas el amor, yo también quiero hacértelo. No me estás obligando. ¿Por qué dices eso? ¿O es que no se te pone dura conmigo?
—Preguntas demasiado y no sé qué responder; además, una pregunta no tiene nada que ver con la otra.
—Pero te deseo... yo... sentémonos en ese banquito. ¿Te la chupo ahora?
Ambos rieron a carcajadas. Ambos habían caminado de norte a sur por el malecón. Perder el tiempo, en el atardecer, ya se había hecho costumbre en los dos. Conversar, sobre todo de literatura, era su pasión. Ambos veían a la literatura como una vía de escape, pero tenían una visión distinta. Para Levessy, la literatura, era la búsqueda de sus sueños. Para Jhos, una forma de felicidad, de curiosidad. Les encantaba leer. Ambos leían de todo, autores franceses, rusos, alemanes, ingleses, pero mientras Jhos prefería los libros donde haya sexo explícito: qué, cómo, cuándo, dónde; Lev buscaba respuestas a su vida: qué, cómo, cuándo, dónde.
Desde que se conocieron empezaron a realizar lecturas conjuntas. Cada semana un libro, sea del tamaño que fuere, y el fin de semana se encontraban para debatir. Era una discusión sin cuartel, a veces habían ataques de ambos hacia el autor de alguna obra, que su final es muy predecible, que su prosa es simple, que su estructura es pésima. En ocasiones, algunos autores los deslumbraban, le llenaban de elogios y no sabían qué más decir porque les parecía perfecto. Una obra maestra.
Ese día, esa tarde, estuvieron debatiendo sobre un autor nipón, Haruki Murakami, hasta su nombre les parecía poético. Lo habían conocido por casualidad, solo que nunca le habían dado la oportunidad que se merecía. "Pero ya es tiempo", se dijeron; y así fue. Después de "La guerra del fin del mundo" de la anterior semana, fue un cambio radical, pero esos cambios lo disfrutaban mucho más. Les aburría lo monótono, lo simple, lo básico. Ahora, "1Q84", ocupaba sus mentes, no solo les encantó, sino que tenían la sensación, quizás la certeza, que en ese instante, de no saber en qué mundo se encontraban ahora. La realidad o la ficción. Ambos ansiaban tanto de no querer estar en este mundo. Se cuestionaban sobre la realidad. Amaban la referencia al hilo rojo del destino porque en el fondo ambos eran muy románticos, románticos por excelencia. A veces tenían vacíos existenciales, y como ellos decían, cuando terminaban su intercambio de opiniones, que qué sería el mundo sin la literatura, y regresaban a esta realidad con mucha pena. A esta puta realidad.
Ahora. Otra vez en el malecón. Se encontraban a casi una cuadra para llegar al faro. Levessy, usaba su habitual pantalón vaquero azul oscuro y una polera suelta. Jhos tenía un vestido beige floreado que le cubría solo sus piernas, y mostraba unas rodillas tersas y finas. El abrigo que llevaba y que se lo dió a Levessy lo puso sobre el banquito y se sentaron al lado derecho de la vía, dando sus espaldas al sol que poco a poco se iba a dormir. Recién eran las tres y cuarto de la tarde, no hacía frío, era un día común, un día cualquiera del mes de octubre. Pero las montañas querían esconder el sol, como siempre, como nunca. Quizás.
—¿Sabes? Yo también imagino que hago el amor contigo —Jhos continuó. Su mirada estaba clavada en el horizonte—. Que me dices que sin mí no vivirías, que soy tu reina, tu diosa, que me llevarás a París en un abrir y cerrar de ojos. Y yo te digo 'sigue, hazlo, no te contengas'. Que me quitas la ropa, lentamente. Que me besas la boca y desciendes por mi cuello, y recorres mi cuerpo, hasta los rincones más desconocidos de mi piel. Que solo imaginarlo me estremece —su mirada giró hacia Levessy. Continuó—. Que tu mano toca ahí abajo y me mojo toda. Llevo el interior color rosa, cortito. Introduces un dedo ahí dentro, mientras con los otros vas rozando mi pelvis, ese punto que me vuelve loca. Que solo imaginarlo hace que me ponga húmeda.
—Tienes buena imaginación.
—Que poco a poco tu boca va subiendo hasta mi cuello —haciendo caso omiso a lo que dijo él—. Me desabrochas el sostén rosa y chupas mi pezón, lo haces lentamente, como si el tiempo fuera eterno. Mientras yo solo disfruto. Que mi mano busca tu miembro, tengo miedo de que sea tan grande y no lo pueda soportar, lo agarro, lo sostengo, está caliente, está pequeño, flácido, lo miró con mis manos y lo presiono como a un plátano, fuerte, hasta que me digas que no lo haga, pero no me dices nada, lo muevo de arriba hacia abajo hasta que se te pone duro. Te digo en voz baja al oído "eso no va a entrar en mí". Y tú me dices que sí. Y me tumbas sobre la cama, yo mirándote, tú encima de mí. Yo tomo tu pene y lo acerco a mi vagina, y tú al sentir mi humedad empujas suave y poco a poco siento que va entrando. Doy un gemido y te digo que pares porque me duele, pero tú no me haces caso y de pronto, sin darme cuenta, lo introduces todo, y yo grito de placer. Lo vas sacando y metiendo cada vez con más fuerza, la cama chirría fuerte y nuestros gemidos cubren la habitación, nos olvidamos del tiempo, y de pronto, tres, diez, veinte minutos después, o quién sabe cuánto, te escucho gemir profundamente y se siente mucho más húmedo allí abajo. Terminas dentro de mí, yo también lo hago, me retuerzo de placer, y luego conversamos de literatura.
—¿Sabes por qué no quiero hacerlo? Tengo miedo de que luego de eso yo me sienta vacío, no sé por qué, como si no me llenara. Me calma, de seguro que sí, así como la masturbación, pero quisiera mucho más, quisiera que durara todo el día, y repetirlo vez tras vez.
—Y podríamos repetirlo toda la noche sin descanso —dijo ella.
—Es verdad. Pero el cuerpo no soporta más de lo que es suficiente. Igual no me sentiría satisfecho.
—Eres ninfómano —y río a carcajadas.
—En los hombres sería satiriasis.
—¿Qué importa?
—Por eso no quiero hacerlo, ya me pasó una vez, una temporada, y me costó superarlo, y no quiero que se repita.
—Yo lo haría contigo todos los días, a cada momento.
—No sabes cómo es. Es verdad, lo haríamos sin descanso, te desearía, te buscaría, pero poco a poco ya no me conformaría contigo. Buscaría otras mujeres, más y más. No es tan divertido como parece.
—Eso dices porque no quieres acostarte conmigo. No me deseas.
—Somos amigos. No puedo darte lo que quieres.
—Amigos. ¿Qué más da? Excusas, solo es eso —sonrió ella—. ¿Te la puedo chupar? ¿Te puedo hacer una felación?
—No metas tu mano ahí abajo, por favor. —Jhos puso su mano derecha sobre el muslo derecho de Levessy.
—No lo haré, pero me gusta ver que te pongas así porque yo sé que es por mí. Puedes mentirme todo lo que tú quieras, pero esto no. ¿Podrías dejar de actuar como si me respetaras? Es decir, siempre sé tú mismo conmigo. Yo sé que me respetas, pero... En serio te deseo. Quiero acostarme contigo. Quiero hacerte el amor yo sola, aunque solo seamos amigos, o lo otro, qué importan las definiciones, las etiquetas. Al diablo con todo eso.
—Yo también te deseo.
—¿Algún día me lo harás? ¿Algún día sucederá? —Jhos giró la mirada hacia el horizonte—. Dime algo bonito.
—Eres como mi libro favorito, así como la primera vez, todavía me sigues sorprendiendo.
—Por eso me gusta hablar contigo. A la mayoría no le gusta hablar sobre sexo. Les aburre, como si yo todo el tiempo estuviera pensando en sexo cuando no es así. Cuando me bajó mi primera regla lloré, pensé que nunca sucedería. Había pasado mis 15 sin nada, y solo después sucedió. Me dolía mucho el vientre y de pronto una noche me bajó. No supe qué hacer. Esa frase 'soy la excepción a la regla' era muy para mí. Y desde entonces siempre me bajó. Nunca se retrasó.
—Eres como la esquina doblada de una página de un libro: siempre querré volver allí, una y otra vez...