-Hola,
¿Cómo estás? -Lo decimos al unísono. Hace frío. En mi reloj ya son pasadas las
siete de la noche; en el de ella, no tengo idea. Ella, como siempre, hermosa.
Yo, nervioso. Caminamos en paralelo, ella es mi guía, mi luz, poesía hecha
realidad. De vez en cuando la miro de reojo: bella; no tengo palabras.
Me habla.
La escucho. No soy tan expresivo y no sé de qué tema hablarle. Solo quiero
contemplarla. Me siento abrumado por ella, en el buen sentido, claro está.
Le preocupa
que nos vean caminando a solas, en la noche. En mi mente digo, ya que importa,
la gente es estúpida, pueden hablar lo que quieran de mí porque yo sé mi
verdad; pero me da cólera cómo puedan llegar a hablar de ella, eso no me gusta,
siento que dicen cosas estúpidas.
Luego de ir
caminando unos minutos, nos sentamos sobre los asientos de cemento. La miro,
después de todo ella está en mi memoria, la tengo dibujada con lápiz 2B en mi
mente.
-Dame tu
mano, quiero estrecharla. -La miro. Mi voz está temblorosa.
-No. No
debo. -Su voz se escucha decidida, firme. Me gusta su voz. Para mis adentros
digo: ¿Por qué?
-Solo
quiero agarrarte de la mano porque...
-Tengo
enamorado. -Duele. Me lo dice como si escuchara mis pensamientos. -No debería
estar aquí, a solas contigo. -Duele más que no me mire a los ojos cuando habla:
su indiferencia para conmigo. No sé qué decirle. Se me olvidó todo lo que iba a
decir. Ojalá no fuera cierto lo que me dice, pero sé que ella es muy sincera
conmigo, así siempre lo ha sido. -Hablemos sobre otros temas, pero no sobre
eso. -Continúa de manera tranquila.
¿De
qué hablar? Me pregunto en mi mente. Si en mi cabeza solo está ella. Todo ronda
en virtud de ella. Toda ella está en el lado izquierdo de mi pecho: su voz, sus
ojos, su sonrisa, su todo. Absolutamente todo. Ella, creo que ella no lo sabe,
y si lo sabe, sabe muy bien como ignorarme.